Chile Perú: una década en tensión 1970 1979

Por: Patricia Arancibia Clavel

Chile y Perú siempre escogieron el camino de la resolución jurídica de controversias y el respeto a los tratados. Sin embargo, es preciso conocer la dureza de la historia reciente, y especialmente la complicada década de los setenta —como lo hará esta serie que iniciamos hoy, preparada por la historiadora Patricia Arancibia

Chile Perú: una década en tensión 1970  1979

Capítulo I - Velasco Alvarado derroca a Belaúnde y mira al sur

Durante casi todo el siglo XX, las relaciones chileno-peruanas se desenvolvieron muy concentradas en el plano político-diplomático, con un escasísimo desarrollo en otros ámbitos, como el económico y cultural, o la migración de personas de uno u otro país. A veces, la difícil convivencia vecinal alcanzó momentos de fuerte tensión, cuyas raíces se hundían inevitablemente en los conflictos del siglo anterior.

Felizmente, Chile y Perú siempre escogieron el camino de la resolución jurídica de controversias y el respeto a los tratados. Sin embargo, es preciso conocer la dureza de la historia reciente, y especialmente la complicada década de los setenta —como lo hará esta serie que iniciamos hoy, preparada por la historiadora Patricia Arancibia— para advertir la necesidad de proyectar definitivamente la relación de nuestros pueblos hermanos a un desarrollo de múltiples intereses y oportunidades recíprocas, como ha sido el fructífero sello de los últimos años.

Los militares peruanos se sentían depositarios de una misión histórica: devolverle al Perú el sitial que una vez tuvo y limpiar la humillación sufrida al ser vencidos en la Guerra del Pacífico.

El 12 de agosto de 1973, Roberto Kelly, capitán de navío y por entonces gerente general de una empresa avícola, se embarcó en un Air France con destino a Brasil. Días antes, su gran amigo y segundo hombre de la Armada, José Toribio Merino, le había con?ado una misión en extremo delicada y con?dencial: -“Roberto, necesitamos saber de primera fuente si Perú nos atacará en caso de producirse en Chile una intervención militar y nos encontremos en problemas.”

El almirante tenía buenos motivos para estar preocupado. A estas alturas, el principal reparo de las Fuerzas Armadas para deponer a Allende era la posibilidad de que, pese a las aparentemente normales relaciones existentes con el gobierno de Lima, éste podría aprovechar una situa- ción de conmoción interna para invadir Chile y recuperar las llamadas “provincias cautivas”.

Las relaciones con los países vecinos en el norte siempre habían sido complejas y sumamente sensibles. En marzo de 1969, Víctor Villanueva, en un ensayo titulado “Cien años del Ejército peruano: frustra- ción y cambios”, planteó que la derrota en la guerra con Chile había provocado un efecto traumático en la Fuerza Armada al fallar en el cumplimiento de su misión. Por generaciones, se les hizo responsables de la humillación más grave de la historia nacional, “tanto que aún no logra reponerse del todo”. A juicio de este militar y sociólo- go peruano, cuando esa etapa de postración y apatía es superada, la frustración sufrida se mani?esta conforme a un esquema clásico en psicología: la ira y la agresión. Entonces, “el deseo de revancha se hace presente”. De ahí que una guerra con Perú podía surgir sorpresivamente, impulsada por sentimientos irracionales hondamente anclados en la psiquis del pueblo peruano y no por una diferencia limítrofe, que no existía desde 1929.

En la madrugada del 3 de octubre de 1968, el comandante general del Ejército y jefe del Comando Conjunto peruano, Juan Velasco Alvarado, derrocó al presidente Fernando Balaúnde Terry. Cinco generales y cuatro coroneles habían preparado el golpe. Bastó una compañía de rangers para ocupar sin violencia la sede del gobierno y una llamada telefónica para despachar por avión a Buenos Aires al ex mandatario. No se trataba de un hecho extraordinario si se considera que por entonces Brasil, Argentina, Bolivia y otros países latinoamericanos tenían gobiernos militares y en el propio Perú, en los últimos cien años, de sus 36 jefes de Estado, 20 habían sido hombres de armas. Sin embargo, el espíritu que animaba al nuevo gobierno era inédito: pretendía encarnar las raíces del Perú profundo, heredero del imperio incaico y restituirle a la nación el poderío que había tenido en los tiempos del virreinato. Los militares peruanos se sentían depo- sitarios de una misión histórica: devolverle al Perú el sitial que una vez tuvo y limpiar la humillación sufrida al ser vencidos en la Guerra del Pací?co. El momento de la revancha había llegado.

Esta generación de o?ciales se había formado en el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM), creado en 1950. Allí se les preparó en materias políticas, económicas y sociales, forjándoles una mentalidad desarrollista, nacionalista y antiimperialista, en cuyo seno se arraigó la semilla del socialismo. James Theberge, más tarde embajador de Estados Unidos en Chile, re?riéndose a esta novedosa carac- terística, escribió que “los militares peruanos desarrollaron su propia doctrina, ligando la seguridad nacional y el desarrollo”. En síntesis, el objetivo del proceso revolucionario era unir en un solo proyecto político, la recuperación de la integridad territorial del Perú, y realizar las transformaciones estructurales que el país necesitaba para salir del subdesarrollo. Los aspectos militares de este ambicioso proyecto fueron encomendados a un nuevo organismo, la Dirección de Asuntos Estratégicos (DIRAE), el que debía prestar especial atención a Chile como potencial adversario.

Juan Velasco Alvarado —que no escondía su origen humilde y su extracción indígena— ha- bía nacido en Piura en 1909, iniciando su carrera como soldado raso. A los 49 años había alcanzado el generalato por sus propios méritos.

Orgulloso de sus ancestros, muchas veces se refería a sí mismo como “nosotros los motudos”, reivindicando sus raíces frente a la oligarquía peruana, a la que detestaba. Por otra parte, su antiimperialismo había surgido siendo un niño, cuando vivía al lado de la re?nería de Talara, propiedad de la International Petroleum Company (IPC). Apenas una reja separaba su casa de las canchas de golf de “los gringos”, las que eran generosamente regadas mientras su barrio contaba con sólo una llave de agua.

Velasco era un o?cial competente y rápidamente llegó a ser considerado un líder natural por sus camaradas de armas. Su controvertida y avasalladora personalidad y el temor que inspiraba por su carácter imperativo y brusco, le ganó el apodo de “Juan sin miedo”. Muchas veces se le escuchó decir que los soldados debían dejar de ser los “perros de guardia de la oligarquía” acusando a ésta de encarnar y difundir el entreguismo de su patria. Uno de sus más fervo- rosos partidarios, Raúl Estuardo, lo comparaba con Tupac Amaru, “el rebelde más rebelde que el Perú ha conocido” y Luis Alberto Sánchez, siendo presidente del APRA, se re?rió a él como “un resentido social”.

Convencido de que al ejército le correspondía un rol protagónico en la reivindicación del pueblo peruano, le asignó las más importantes tareas para el desarrollo económico y social, sin descuidar por ello su obsesión principal: reconquistar los territorios perdidos. De acuerdo a lo señalado en un artículo de la revista peruana Liberación, a comienzos de 1969, dispuso que se realizara una apreciación de inteligencia respecto a Chile, la que fue dirigida por quien era considerado uno de los mejores o?ciales peruanos en esa área, el teniente coronel Ludwig Essenwanger. La conclusión fue que “la capacidad disuasiva de que se disponía respecto al enemigo del sur era de casi uno a uno. Las maniobras recién efectuadas en la Tercera Región Mi- litar (Arequipa) mostraron serias carencias de equipamiento y material de guerra y un consecuente deterioro en el entrenamiento, aunque la moral combativa de las tropas era de muy buen nivel”. Basado en dicha apreciación y con el ?n de romper el equilibrio, Velasco Alvarado ordenó potenciar la fuerza en la zona sur del Perú, con el objetivo de ponerla en condiciones de operar ofensivamente sobre Chile.

De acuerdo a la doctrina militar toda operación bélica —la guerra— comienza con la fase de planeamiento, que obedece al concepto del conductor político-estratégico, es decir el Jefe del Estado. En este caso, el concepto inicial fue: “planear la totalidad de operaciones para aprestar a la Fuerza Armada y colocarla en condición de invadir Chile y obtener el resultado mínimo de recuperar los territorios de Tarapacá y Atacama, en condiciones de continuar operaciones ofensivas hacia Santiago de Chile, manteniendo una línea principal de resistencia (LPR) en la frontera norte con Ecuador, con el fin de neutralizar cualquier acción ofensiva”.

LIMA COMPRA TANQUES RUSOS

Aunque, al igual que Fidel Castro en su momento, Velasco había sostenido que mantendría distancia respecto a las potencias de la Guerra Fría, el 17 de febrero de 1969 fi rmó con la Unión Soviética un importante tratado comercial que le abrió las puertas para iniciar una frenética carrera armamentista, estableciendo lazos cada vez más estrechos con Moscú. Este acercamiento fue tejiéndose a la par de la desvinculación ideológica y militar con Estados Unidos, llegando a expulsar a las misiones militares norteamericanas.

Según V. Tikhmenev, la apreciación oficial soviética era que el Perú estaba “esforzándose para encontrar su propio camino para el desarrollo no capitalista. Una vez que el capitalismo hubiera sido rechazado, Perú elegiría el camino socialista”. Simultáneamente, los lazos económicos y políticos con Cuba se tornaron cada vez más próximos y Fidel Castro aceptó más rápido de lo esperado la viabilidad revolucionaria del gobierno de Velasco.

Una circunstancia ajena al Perú —la virulenta campaña presidencial que estaba teniendo lugar en Chile— influyó fuertemente en el ánimo de los sectores militares más nacionalistas peruanos.

“Durante todo el año 70 –relata Jorge Edwards, en ese tiempo consejero de la embajada de Chile en Lima- se había agitado en el Perú el tema de la guerra con Chile. Era año de elecciones y muchos pensaban que la CIA se hallaba detrás de la propaganda antichilena del Perú, destinada a impedir, en caso de triunfo de Allende, que la revolución militar izquierdista del general Velasco Alvarado y el Chile de la Unidad Popular formaran un bloque socialista sólido en el Cono Sur”. Preocupado por el negativo efecto que podía generarle ese clima, —antes de los comicios— el candidato socialista envió a Pablo Neruda como pacificador. Luego de hablar con Velasco, éste salió convencido que si Allende era elegido no habría roces gracias a la afinidad ideológica del Proceso Revolucionario

Peruano con el programa de la Unidad Popular. De hecho, Velasco estaba llevando a cabo la liquidación gradual de las inversiones extranjeras en minería, bancos, transportes, industria manufacturera y pesquera, junto con una radical reforma agraria, concentrando en manos de oficiales progresistas y antiimperialistas el manejo del país. Como gesto de buena voluntad, el presidente peruano envió como representante suyo a la ceremonia de cambio de mando, el 4 de noviembre de ese año, al general Edgardo Mercado Jarrín, reconocido como el más importante estratega de su ejército y tan antichileno como su jefe. Bernardino Rodríguez, periodista peruano cuenta que una vez le preguntó en público, por qué siendo canciller del gobierno militar no había solicitado a Chile la devolución del Huáscar. La respuesta fue tajante: “Los trofeos de guerra no se pide sean devueltos, se rescatan”.

La similitud ideológica entre ambos gobiernos no impidió, sin embargo, que el Perú acelerara su armamentismo y militarización. Entre 1969 y 1973 el programa de adquisición de armamento soviético ascendió a la exorbitante suma de mil millones de dólares. Contaban con más de 50.000 hombres y su país encabezaba en Latinoamérica la compra de armas. Se estaba convirtiendo en el cliente estrella de la Unión Soviética, comenzando a adquirir tanques modelos T-54 y T-55, transportes blindados, artillería, lanzacohetes, radares y baterías antiaéreas, aviones de combate de última generación, y cientos de toneladas de municiones.

Como si eso fuera insuficiente, ya había comprado 16 Mirages y 100 tanques AMX-30 en Francia que le aseguraban la superioridad en tierra y aire y encargado fragatas a Italia y submarinos a Alemania. Todo este equipo tenía un carácter netamente ofensivo.

MEMORÁNDUM DEL PLAN DE INVASIÓN

Avanzando en la preparación de la guerra, a fi nes del verano de 1971, la DIRAE emitió un documento estrictamente secreto, sosteniendo que “a fi n de cumplir las disposiciones emanadas por el Gobierno Revolucionario para elaborar los planes de invasión a los territorios peruanos en poder de Chile y asegurar la contención de Ecuador”, se solicitaba la aprobación de la idea general de maniobra: “La acción ofensiva de recuperación de los territorios peruanos y bolivianos en poder de Chile, se efectuará con una penetración de unidades blindadas, con apoyo de artillería reactiva y de campaña, por el corredor de la costa, desde Chacalluta hacia la cortadura del río Vitor, sobrepasando Arica. Unidades de paracaidistas y comandos asegurarán los puntos críticos con envolvimiento vertical y unidades de la zona del Altiplano irrumpirán por el valle de Azapa. El orden interno de Arica, una vez sobrepasada, será controlado por las unidades de la Policía de Asalto. La Infantería de Marina cumplirá las funciones de seguridad, abriendo una cabeza de playa en La Lisera y las unidades navales mantendrán aislado el teatro de operaciones, contando con la cobertura aérea correspondiente”. El documento proseguía señalando la urgencia de “realizar las coordinaciones para el aprestamiento de al menos cuatro divisiones blindadas en el sur, con 360 tanques nuestras unidades navales de protección a operaciones de desembarco y elevar sustancialmente nuestra capacidad de bombardeo aéreo”. Todo lo anterior “porque existen condiciones favorables para llevar a efecto exitosamente la invasión dispuesta”. El memorándum lo firmaba el general José Graham Hurtado, coordinador general del organismo. La aprobación solicitada por la DIRAE fue concedida por el presidente

Velasco Alvarado en mayo de 1971, quien reunido con los ministros y los oficiales que directa o indirectamente estaban involucrados en llevar adelante esta misión, vivieron un momento inolvidable. Según el capitán peruano Eloy Villacrez, en dicha oportunidad Velasco expresó: “En ustedes confío para que Tarapacá vuelva al Perú y eliminemos fronteras con Chile, sólo así podremos vivir tranquilos y con seguridad en un futuro… Lo único que debo recordarles es que todo lo que se diga o acuerde es estrictamente secreto. Ni siquiera a sus instituciones debe transmitirse, pues conocer lo que estamos planeando podría llevar a un problema diplomático que debemos evitar”. Según Villacrez, “la emoción y el patriotismo de los presentes era indescriptible, recibir el encargo más sagrado para un soldado, como es resarcir a la Nación lo que nos fue arrebatado, recuperando nuestro ser nacional”.

A pesar del secreto, las disposiciones emitidas para la invasión a Chile no pasaron inadvertidas. De acuerdo a la información entregada por fuentes peruanas, grupos de izquierda de ese país, ideológicamente más consistentes, tenían muy arraigado el concepto internacionalista y por ello les interesaba mucho más proteger al régimen de Allende que la reivindicación de Tarapacá. Hubo, pues, una presión permanente para detener los preparativos militares desde ese sector.

UN LIBRO ANTICHILENO

Luis Jerez, embajador de la Unidad Popular en Lima —cargo que desempeñó hasta el 11 de septiembre de 1973— afi rma en su reciente libro de Memorias que “el Perú no había olvidado la humillación de la derrota y la pérdida de extensos territorios.

El recuerdo persiste vivo, particularmente en las Fuerzas Armadas, en las cuales produjo un efecto  traumatizante”. En febrero de 1971, al presentar sus cartas credenciales, Jerez mantuvo una larga conversación con el Presidente peruano, donde le destacó, aunque “sin demasiada convicción, la identidad conceptual y política que existía en los procesos que transitaban ambos países, a partir de la voluntad de ruptura con un pasado común de injusticia y dependencia”. Por entonces circulaba en Lima el libro Chile prepara otra guerra, cuyo autor —Eleodoro Ventocilla— era especialista en asuntos militares. Sus abuelos habían participado en la Guerra del Pacífi co, convirtiéndose en —dice en el prólogo— “guerrilleros andinos, que lucharon hasta su holocausto, contra el invasor chileno”. Hoy ese libro constituye una curiosidad bibliográfica, porque fue retirado de las librerías y sólo existe un ejemplar en la Biblioteca Nacional limeña, donde está prohibido fotocopiarlo. Hay otro en la del Congreso de Estados Unidos. En ese libro se denuncia que “en 1970 Chile está en situación de combate” y que “la carrera armamentista en que se encuentra empeñado constituye una seria amenaza contra el Perú, Bolivia y Argentina…” El título del último capítulo es “¿Contra quién apunta ahora el fusil chileno?” En él profetiza que “sin problemas limítrofes ni situaciones de tensión en las heladas aguas del Estrecho, cerca al Canal Beagle, en las zonas nevadas de Lago Salado o la Palena, sin el justo y permanente reclamo de Bolivia para que le sea restituido su litoral en el Pacífi co, Chile no tendría obstáculo alguno para ´marchar hacia el Norte´, que es la permanente consigna de Portales y el objetivo del armamentismo chileno”.

El fundamento de sus aseveraciones no era otro que la modesta renovación de armamento obsoleto que había realizado Chile durante el gobierno de Frei Montalva. En realidad, era tan lamentable el estado material de nuestro ejército que, en octubre de 1969, el general Roberto Viaux dirigió un movimiento corporativo de reclamo, el Tacnazo. La difusión y éxito que tuvo en su momento el libro de Ventocilla refl ejaba el arraigado antichilenismo peruano, ampliamente compartido y estimulado por los militares. No por nada en 1967 el propio Velasco Alvarado, cuando era comandante general del Ejército durante la presidencia de Belaúnde Terry, había señalado en Arequipa: “Pertenecemos a la generación escogida por la historia para restaurar la justicia que nuestro pueblo requiere, recuperando para la nacionalidad lo que nos fue arrebatado por Chile en 1879…La Región de Hierro (Arequipa) es la encargada de ello. Prepárense con dedicación porque el día llegará…”.

PRATS INFORMA A LOS GENERALES

Mientras tanto, en Santiago, los militares observaban con preocupación la situación internacional. Un asistente al Consejo de Generales efectuado el 10 de febrero de 1971 recuerda que el comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, señaló que el gobierno de Allende “está haciendo todos los esfuerzos posibles para no crearse problemas con Estados Unidos, potencia rectora del bloque occidental. El Presidente de la República lo expresó claramente en la Academia de Guerra tiempo atrás, en el sentido que la política del gobierno de Chile ´no es salir de una órbita para girar en torno a otra”. Se abordó allí también la problemática austral, reconociendo lo “álgido” del asunto del Beagle y la eventual reanudación de relaciones con Bolivia, quedando en evidencia que, “dadas las características del actual gobierno boliviano, el acercamiento ha sido más expedito”. En cuanto a la frontera norte, en el Consejo hubo inquietud por “la reestructuración orgánica del Ejército del sur del Perú” y “la situación de estancamiento tremenda” en que se encontraba nuestro Ejército. “Mientras no tengamos en claro el problema de la infraestructura, ¿cómo vamos a resolver el otro problema de la expansión de la planta?, ¿o el de abastecimiento y equipamiento de las unidades?, ¿cómo vamos a saber exactamente dónde vamos a ir colocando el equipo que va a empezar a llegar o que nos está llegando?”, habría añadido Prats.