Chile Perú: una década en tensión: El Once sube la tensión en la frontera.

En Chile, la crisis política era gravísima. En ese contexto, el 19 de junio de 1973 se reunió el Consejo Superior de Seguridad Nacional (CONSUSENA), presidido por Allende. Allí él expresó que la situación vecinal era “extremadamente grave: la lucha interna abre camino a la revancha.

Por: P.A.C

Chile Perú: una década en tensión: El Once sube la tensión en la frontera.

A fines de enero de 1973, el general Velasco Alvarado sufrió los primeros síntomas de un aneurisma aórtico, enfermedad que infarta el tejido provocando gangrena y la subsecuente amputación de los miembros afectados. El 3 de febrero ingresó en estado grave al hospital. Operado de urgencia a las 2.30 de la mañana – con el auxilio de médicos cubanos – se debatió varios días entre la vida y la muerte. Sobrevivió, pero al precio de perder semanas después la pierna derecha, amputada arriba de la rodilla. Además de las obvias limitaciones físicas que lo mantuvieron alejado del poder hasta mayo, este hecho le causó una fuerte perturbación psicológica. Nunca volvió a ser el mismo.

Pese a que circuló un panfleto que decía “cuando un valiente gobierna, qué mierda importa una pierna”, se fue transformando en un ser inestable e impredecible, distanciándose progresivamente de sus colaboradores. En Chile, el desequilibrio psicológico de Velasco Alvarado no pasó inadvertido. Se temió que en un momento de arrebato adelantara la invasión que había preparado tan cuidadosamente.
En abril del 73, los servicios de inteligencia chilenos informaron que en Matarani se habían concentrado 200 tanques, desplazando carros blindados areneros hasta cerca de la frontera; en mayo, que la división Arequipa iría a Tacna el 7 de junio – aniversario de la toma del Morro de Arica– y que en su base aérea estaban listos al despegue aviones de combate Mirage. Asimismo, se estaba practicando el control militar a los menores de 35 años, lo que evidenciaba el grado avance de la movilización peruana.

En Chile, la crisis política era gravísima. En ese contexto, el 19 de junio de 1973 se reunió el Consejo Superior de Seguridad Nacional (CONSUSENA), presidido por Allende. Allí él expresó que la situación vecinal era “extremadamente grave: la lucha interna abre camino a la revancha.

Puede precipitarse el plan de desarrollo armamentista del Perú y Bolivia, que quieren revertir la imagen de 1879 y están en vigilia patriótica. Tenemos un vínculo amistoso con Bolivia y bueno a nivel de presidentes (se refería a Hugo Banzer), pero ellos también están fortaleciendo su potencial bélico. Bolivia no cejará en su pretensión de salida al mar y se han detectado influencias del Brasil, apoyándolos. Para contrarrestar el esfuerzo peruano debemos fortalecer, imperiosamente, nuestro potencial bélico. Son preocupantes los escasos resultados alcanzados en los viajes de los jefes militares al extranjero. Tenemos que utilizar las vías de crédito tradicional y también las que ofrece el campo socialista. 

No hemos encontrado facilidades de crédito en Washington debido a la renegociación de la deuda externa y la nacionalización del cobre”. Refiriéndose a los obstáculos que presentaba la situación interna, expresó: “hay un clima de enfrentamiento, de guerra civil”. Esta reunión del CONSUSENA terminó con una apasionada intervención del Presidente: “Soy masón y soy marxista. Esta no es una receta, sino un camino. Chile es diferente a otras naciones que también están empeñadas en la lucha revolucionaria; el nuestro es un pueblo más evolucionado y la Iglesia y las Fuerzas Armadas no son ajenas al camino al socialismo.

Mi patriotismo es igual o mayor que el de los militares. Siento una impresión de amargura incluso de los partidos; pero todavía existe la posibilidad de que ustedes, también junto conmigo, ayuden a Chile”. Pese a la importancia de lo tratado en aquella ocasión, los asistentes sólo dijeron a la prensa que había sido “una reunión de rutina”. 

Memorándum para Allende

Dos días después del “tancazo” ocurrido el 29 de junio, cuando el batallón blindado N° 2 de Santiago se alzó con la intención de provocar una reacción en cadena y así derribar al gobierno de Allende, el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional, vicealmirante Patricio Carvajal, y su subjefe, el general de aviación Nicanor Díaz Estrada, convocaron a una reunión de emergencia.
A ella asistieron cinco generales de cada institución con el objeto de analizar los graves problemas que estaban afectando la seguridad nacional. El comité sesionó durante todo el día domingo 1 de julio y a altas horas de la noche terminó de redactar un memorándum que, con carácter de estrictamente secreto, le fue entregado al general Prats para que, a su vez, lo hiciera llegar al Presidente Allende.
Entre otras consideraciones, el documento señalaba que las Fuerzas Armadas veían con gran inquietud la situación que se estaba viviendo en los cuatro frentes (Interno, externo, económico y bélico). “Informaciones de la cancillería chilena y de las agencias de inteligencia, tanto del Estado Mayor de la Defensa Nacional como de las tres instituciones armadas, permiten asegurar que Perú y Bolivia se preparan para una guerra revanchista, a objetivo no limitado, contra Chile, a corto plazo. De acuerdo a los medios bélicos ya adquiridos y a los planes de adquisiciones actualmente en ejecución, por parte del Perú en particular, se puede concluir que éste alcanzará su máximo grado de alistamiento en el curso del año 1976.

Entonces dispondrá de la fuerza aérea más poderosa de Latinoamérica; una armada de gran capacidad operativa, y de un ejército mecanizado y bien adiestrado para una guerra relámpago.

A lo anterior – agregaba el documento – debe sumarse la creciente y decisiva influencia de Brasil sobre Bolivia, la que, en parte, se está traduciendo en ayuda para sus Fuerzas Armadas. Venezuela estaría por entregar gratuitamente aviones de entrenamiento a reacción a ese país. Además, no puede desestimarse la actitud que podría asumir Argentina”. La situación era realmente grave porque “las Fuerzas Armadas chilenas se encuentran en un grado de inferioridad crítica en relación a sus congéneres peruanas”.

En realidad, aunque existían planes de reequipamiento aprobados por La Moneda, éstos no habían podido concretarse por las dificultades crediticias externas y por la espiral inflacionaria que estaba corroyendo el presupuesto ordinario de las instituciones. Así, para el “tancazo”, el batallón blindado tuvo que abastecerse de combustible en una bomba bencinera de la calle. En rigor, la responsabilidad por la fragilidad de la defensa no puede atribuirse enteramente a la Unidad Popular. La postergación de las necesidades mínimas de las Fuerzas Armadas se venía arrastrando ya por cuatro décadas. 

En agosto de 1973, Chile se desintegraba. Volvió a reunirse el CONSUSENA. Era evidente que una guerra civil sería un regalo a los sectores revanchistas del Perú. A juicio de Allende, el reciente asesinato de su edecán naval, comandante Araya, había puesto de manifiesto la impotencia de la sociedad para evitar el drama. En ese contexto, hizo presente que las Fuerzas Armadas no eran compartimentos estancos, por lo que apeló a su disciplina. Terminó hablando muy emocionado (“llanto presidencial”, consigna la minuta): “No sé si nos volveremos a reunir; tan grave veo la situación que apelo a cada uno de ustedes para que se haga un último esfuerzo. He hablado ya tres veces con el Cardenal”.

El Presidente había puesto el dedo en la llaga. Una situación interna de guerra civil sólo es concebible si las Fuerzas Armadas se dividen y esa eventualidad le ofrecía al Perú la mejor ocasión para invadirnos. De ahí que fuera tan importante averiguar cómo reaccionarían en caso de una intervención militar en Chile. De ahí, también, que si las instituciones armadas actuaban unidas debían alcanzar el control militar del territorio nacional en no más de 24 horas para volver inmediatamente a cumplir su función de defensa externa.

Recuerdos de la KGB

En julio de 1973, el almirante Carvajal recibió al embajador y al agregado militar soviético quienes lo visitaron para ofrecerle armamento. Carvajal los escuchó y luego les solicitó los manuales con las características del material. El embajador le replicó: “Nosotros no somos mercaderes y por eso no traemos manuales. Preferiríamos que ustedes enviaran una misión capaz de formarse una impresión personal. Recibí entonces una orden de arriba y cada institución designó a cuatro oficiales para ir a Rusia.

Yo, y prácticamente la totalidad de los almirantes y generales, estuvimos siempre en contra de comprar material ruso, no sólo por las obvias implicancias ideológicas del negocio, sino porque eran muy serias las dificultades para cambiar la línea de abastecimientos con rapidez. El armamento que rechazamos fue ofrecido a los peruanos, quienes lo aceptaron encantados”. Ratifi cando lo anterior, el general Nicolai Leonov, vicedirector del Departamento América Latina de la KGB, explicó en una conferencia que dictó en el Centro de Estudios Públicos en 1998, que a petición de Allende el gobierno soviético aprobó un crédito para el envío de armamento a Chile. “Creo que lo pedía el general Prats… aunque nadie pensaba cobrar ese crédito después”. En el verano boreal de 1973 – agrega – “ya estaban en camino los barcos con armamento para Chile y teníamos datos seguros de que se produciría un golpe de Estado. Entonces, para que no fueran tanques soviéticos los que salieran a la plaza y dispararan contra el Palacio de La Moneda, se dio a los buques la orden de cambiar el rumbo y desembarcar el armamento en otros lugares, donde fue vendido… Sé que venían tanques y piezas de artillería, por un monto de cien millones de dólares”. Obviamente llegaron a Perú.

El 11: Urgente reunión del alto mando peruano

A las ocho y cuarto de la mañana del 11 de septiembre de 1973, sonó el citófono en la oficina del coronel Mena, comandante del regimiento Rancagua de Arica. Era el general Forestier, quien desde Iquique le comunicaba que las Fuerzas Armadas estaban asumiendo el gobierno y que debía aplicar inmediatamente el plan de Seguridad Interior, previsto para casos de extrema emergencia. Minutos antes, el regimiento, con su banda de música y el tambor mayor a la cabeza, había salido marchando hacia el centro de la ciudad, a fi n de practicar el desfile del 18 de septiembre.

Mena corrió entonces a la guardia y ordenó al corneta de servicio tocar “alto la marcha, reunión de oficiales al trote”. Así de hermético se había mantenido el secreto de la fecha en que se desencadenaría la intervención militar. “Yo –recuerda Mena- mandaba la unidad más importante del país y nadie me había advertido nada. Luego de cerrar la frontera, llamé sin tardanza al general Artemio García, comandante de la guarnición de Tacna y le informé que el movimiento de tropas que estábamos realizando no tenía nada que ver con el Perú. Era absolutamente necesario explicarle la situación porque en momentos en que la tensión militar entre ambos países era evidente, cualquier mal entendido podía acarrearnos graves consecuencias. Afortunadamente me creyó”. El tema se hacía más crítico pues con la caída de Allende se evaporaba la solidaridad ideológica que hasta entonces había contribuido a contener la guerra revanchista que preparaba el Perú, cuyo plan de invasión había sido aprobado por Velasco Alvarado en mayo de 1971.

García dio cuenta de inmediato a sus superiores. Antes de las 10 de esa mañana el Alto Mando peruano se reunió en el Palacio Pizarro para evaluar la situación. Era la ocasión perfecta para que Velasco y los “halcones” que formaban parte de su gobierno dieran luz verde a una acción relámpago sobre Arica, aprovechando la vulnerabilidad militar chilena. Esta vulnerabilidad era cierta. Las Fuerzas Armadas, volcadas hacia el interior para lograr rápidamente el control del país, estaban desplazando parte de su contingente, vía aérea, hacia Santiago, lugar donde se suponía habría mayor resistencia. Por otra parte, avalados por la información que estaban recibiendo de sus servicios de inteligencia, en dicha reunión se analizaron otras posibilidades. No era descartable, por ejemplo, que las fuerzas chilenas se dividieran dado que apenas tres semanas antes, el general Prats había renunciado al mando del Ejército porque su posición, cercana a Allende, no era compartida por la gran mayoría del cuerpo de generales. Quizás ahora –especularon algunos de los presentes- éste podría encabezar la resistencia a los golpistas, arrastrando tras de sí a una parte de los militares. Si eso ocurría, estallaría en Chile la guerra civil, generándose un escenario aún más propicio para llevar adelante las operaciones bélicas planificadas.
Todo hacía aconsejable esperar el desarrollo de los acontecimientos antes de tomar una decisión irrevocable, posición que fue apoyada especialmente por la Marina peruana. 

Plan de inteligencia con exiliados



Mientras esperaba nuevas noticias, Velasco ordenó activar un plan de inteligencia preestablecido que involucraba a Argentina. Meses antes se había previsto que un golpe militar en Chile podía ser duro y cruento para los dirigentes de la Unidad Popular y extremistas de izquierda, los cuales, llegado el caso, se verían en la necesidad de buscar refugio fuera del país. La lógica señalaba que utilizarían los pasos cordilleranos para huir hacia Argentina, por lo que se le habían entregado claras instrucciones al embajador del Perú en Buenos Aires, general Ricardo Vassi, para que organizara un sistema que le permitiera tener acceso “a la hoja de registro que hará la inteligencia argentina de cada uno de los ciudadanos chilenos y extranjeros en fuga”. La idea era acercarse y conferenciar con ellos para lograr información que les permitiera tener un panorama más exacto del Orden de Batalla Chileno, es decir, la organización de sus Fuerzas Armadas y su capacidad operativa y de recursos. 

Vassi, un hombre de absoluta confianza de Velasco, designó a los capitanes Villacrez y Chávez para esta misión, quienes iniciaron su trabajo a partir del 12 de septiembre de 1973. “Los pormenores de las conversaciones con los refugiados y el análisis de la documentación se llevó a cabo en los meses siguientes y aproximadamente se estudiaron un promedio de ocho mil casos. Como anécdota –cuenta el propio Villacrez- entre los refugiados se encontraban dos oficiales de la Fuerza Aérea que se negaron a disparar y optaron por fugarse al igual que miles de sus compatriotas”.

A comienzos de octubre, una vez controlado el orden interno, el nuevo gobierno chileno fi jó su atención en el frente externo, disponiendo el refuerzo del teatro de operaciones norte y reiterando la orden de que Arica debía defenderse “a cualquier costo”. El golpe había sido una bofetada para la izquierda mundial y particularmente para el Kremlin. Aparte de Cuba, Perú era el país latinoamericano más permeable a la influencia soviética tanto por su afinidad ideológica como por su dependencia militar. 

Para Pinochet, el peligro que Velasco iniciara pronto una guerra contra Chile sería difícil de soslayar ya que ahora tendría detrás el apoyo de toda la izquierda mundial, la cual no estaba dispuesta a perdonar que los militares hubieran derribado a un gobierno marxista.

No es de extrañar entonces que en medio de las tareas urgentes que le demandaba la instalación del nuevo gobierno, Pinochet haya viajado al norte entre los días 17 y 20 de octubre. Allí se impuso de primera fuente de los preparativos para proteger Arica, revisando en terreno las fortificaciones de campaña y el avance de la defensa móvil dispuesta a comienzos de 1973. Mena cuenta que “mientras durante el día el general Pinochet atendía audiencias en la gobernación y conversaba con la gente en la calle esforzándose por demostrar normalidad, por las noches se ponía su uniforme de combate y junto al general Forestier se internaba en los dispositivos defensivos, trampas antitanques, trincheras y fosas mimetizadas, animando a la tropa y haciendo todo tipo de observaciones”.

Mena rememora que en esas noches tuvo la oportunidad de conversar largamente con Pinochet, quien era un gran conocedor de la personalidad y del pensamiento estratégico tanto de Velasco Alvarado como del general Mercado Jarrín, a la fecha, comandante en jefe del Ejército peruano. “Pinochet sabía que tenía al frente enemigos poderosos. Estaba al tanto de la influencia de Mercado, un gran estudioso de la Guerra del 79, de la cual había sacado útiles lecciones. Entre ellas, evitar de nuevo la imprevisión y actuar ofensivamente para lograr resultados decisivos”.

El éxito de la misión secreta de Kelly

Cuando el almirante Merino le encargó a Roberto Kelly la misión en Brasil, comprendía que la evolución de los acontecimientos no podía prescindir del conocimiento de lo que haría el gobierno peruano.

La estadía de Kelly en Brasil fue corta e intensa. Para encubrir su misión, apenas se instaló en un hotel de Sao Paulo hizo varias llamadas de negocios y acordó una visita a una planta avícola. Después se dirigió al diario O Globo, a cuyo director –un gran amigo de Chile– le solicitó que moviera a sus contactos para conseguirle una reunión con un jefe de los servicios de inteligencia. Al día siguiente, al regresar de su visita de carácter empresarial, tenía un llamado del director, quien le había conseguido una entrevista con el comandante de la guarnición militar de Río de Janeiro. Rápidamente partió a reunirse con él y luego de explicarle que necesitaba obtener una información de vital trascendencia para Chile, éste lo envió a Brasilia, indicándole que debía alojar en un hotel determinado hasta recibir nuevas instrucciones.

A poco de llegar, se apersonó un individuo que a través de señas, lo condujo a un edificio donde “me interrogaron durante horas, como en las películas, en una salita con una luz potente al frente que me impedía ver a mi interlocutor. Me pidieron que les contara mi vida entera y que explicara por qué había ido a hablar con ellos. Luego de escucharme, me regresaron al hotel, exigiéndome que no saliera ni me contactara con nadie. Como a las siete de la tarde, una voz me dijo por teléfono: ‘La respuesta es no; Perú no se moverá. Váyase de inmediato a Chile”. No puedo, le dije, tengo que partir mañana en la noche porque mi pasaje no es endosable. Entonces me replicó: ‘Baje al lobby y deje el pasaje en su casillero’. Lo hice y al poco rato, mientras llovía a cántaros, me avisaron de la recepción que tenía un sobre. Era un pasaje de Varig para regresar a Santiago en unas horas.”

Al llegar a Santiago, Kelly fue a ver de inmediato a Merino. El principal reparo para dar el vamos a la intervención militar ya no existía. 

Fidel ofrece tropas

Durante septiembre, la aviación peruana reforzó sus ejercicios de tiro de combate en El Callao, con el fi n de mejorar su precisión y comparar su puntería con la de los Hawker Hunter que habían bombardeado La Moneda, mientras que sus fuerzasterrestres y marítimas aceleraban sus aprestos de guerra. Por su parte, el general Francisco Morales Bermúdez, de visita en Cuba, recibió una sorprendente oferta de parte de Fidel: “tengo todo preparado, los tanques y 12.000 hombres para caer sobre Arica junto a ustedes”.

Pinochet se acerca a Bolivia

Convencido de la necesidad de ganar tiempo e intentando evitar por todos los medios una confrontación armada que hubiera significado la ruina para Chile, Pinochet y su Estado Mayor prepararon rápidamente una ofensiva diplomática paralela a la que se estaba llevando en la Cancillería. En noviembre de 1973 viajó a Perú y Bolivia el general Sergio Arellano Stark llevando una carta personal de Pinochet a los presidentes Juan Velasco Alvarado y Hugo Banzer. Cuenta Arellano que en la reunión con Velasco - el día 12 - “éste me manifestó que su posición era de no intervención en la política y situación interna de Chile o de cualquier otro país. 

Al parecer, - agrega Arellano- esa fue una especie de explicación por la psicosis de guerra contra Chile que se había vivido en Perú, la que había llegado a su punto culminante el 12 de septiembre de 1973, fecha en que los generales izquierdistas del ejército peruano estimaban propicio para atacar a Chile”. La enfermedad de Velasco, que estaba afectando su carácter y prontitud en la toma de decisiones y el hecho que otros miembros de su gabinete mostraron posiciones más moderadas, había sido al parecer lo que frenó en esos momentos la invasión. Pero nada aseguraba que la situación se mantendría. Luego, en La Paz, Arellano tuvo un largo encuentro con el general Banzer, quien ideológicamente era mucho más cercano a Pinochet que a Velasco. Ello allanó las cosas iniciándose las primeras conversaciones en búsqueda de una salida a la mediterraneidad boliviana. 

Para Chile era fundamental abrirle opciones a Bolivia ya que de esa forma la alejaba de una alianza con Perú, evitando verse enfrentado a lo que los militares llaman una HV2, es decir una hipótesis vecinal de guerra con dos adversarios, simultáneamente. En el verano de 1974, el trabajo encomendado al embajador Vassi en Argentina comenzó a dar sus frutos. Los resultados de los encuentros llevados a cabo con exiliados chilenos y extranjeros que habían participado del gobierno de la Unidad Popular, fueron entregados a la DIRAE.

A través de ese informe se permitió conocer “la organización militar, capacidad de desplazamiento, nivel operativo, mandos y estudio de la personalidad de los jefes hasta el nivel de capitanes… Nuestros elementos de inteligencia –dice Villacrez- evaluaron y emitieron las recomendaciones para reformular los planes de invasión”. Paralelamente, por esas mismas fechas viajó a la URSS, el general Mercado Jarrín. “Cuando a comienzos de 1974 fui a Rusia – le señaló posteriormente a Rodríguez Elizondo – hablé con el mariscal Gretshko y me hizo unas maniobras de cinco mil hombres con mil tanques. Yo le dije: vengo a comprar, deme usted el precio, yo necesito este material antes de seis meses”. La noticia que Perú se estaba armando de manera desmedida saltó a la prensa internacional. El jefe de la Fuerza Aérea peruana e integrante de la Junta Revolucionaria, Rolando Gilardi desmintió categóricamente las versiones de la inminencia de una guerra señalando: “No tenemos nada con Chile... No hay nada contra Chile”. Sin embargo no pudo dejar de reconocer que había recibido en su despacho a un grupo de ciudadanos chilenos y peruanos inquietos de que esa eventualidad llegara a ser real. Por su parte el propio Velasco salió al ruedo y el 28 de marzo se vio obligado a declarar que “el Perú no tiene problema fronterizo alguno con sus vecinos y que entre Perú y Chile no existe conflicto alguno en absoluto”.

A su juicio, “intereses adversos a los pueblos peruano y chileno intentan enfrentarnos, estimulando para este efecto una campaña alarmista que a través de diversos órganos periodísticos tergiversa la realidad de las cordiales relaciones que mantenemos con Chile”.

Las declaraciones de Velasco fueron ratificadas por el general Guillermo Marcó del Pont, ministro de Hacienda del Perú, quien de visita en Santiago por esos días, reconoció que “efectivamente hay grupos interesados internacionalmente en crear dificultades artificiales, especialmente de tipo fronterizo...” Versiones cablegrá- fi cas llegaron a señalar que Juan Domingo Perón habría ofrecido su mediación ante la situación reinante entre ambos países, aunque Pinochet reaccionó señalando que “resulta extraño mediar cuando no existe conflicto”.