Chile ¿un país resiliente, o un país que aprende?

Hoy tenemos una actitud distinta. Sabemos que las circunstancias dependerán en gran medida de lo que hayamos hecho o no, y que conociendo bien la tierra que habitamos podremos dejar de ser objetos del destino para convertirnos en sujetos del mismo. 

Chile ¿un país resiliente, o un país que aprende?

Creo que la respuesta a esta gran pregunta es ambas. Los chilenos a estas alturas ya tenemos grabado muchos y grandes terremotos en nuestro ADN, quizás como nunca en nuestra historia. De cada uno de ellos hemos aprendido que la tierra en la que vivimos está en constante movimiento y aceptamos que habitamos el lugar más sísmico del mundo, una realidad a la que ya nos estamos acostumbrando, sobre todo las nuevas generaciones que ya tienen más de un terremoto en el cuerpo. Así que solo nos queda aprender a caer, levantarnos y seguir adelante. Ya sabemos que podemos superar cualquier experiencia traumática, reconstruir y reconstruirnos. 

Si no fuera así, la ciudad de Santiago hoy no existiría. Hace más de 400 años, el terremoto del 13 de mayo de 1647, y del que se tiene mayor información, estuvo a punto de hacer desaparecer a Santiago en sus casi 15 minutos de duración según los registros de la época. Se perdió entonces a más de un quinto de su población y la que quedó con vida resistió a duras penas las pestes y el frío que vinieron poco tiempo después. Fue tanta la tragedia, que las autoridades de la época estuvieron a punto de nombrar como capital de Chile a la sureña ciudad de Concepción. 

Pero Chile no solo aprendió de aquel fatal sismo, lo ha seguido haciendo con cada uno de los que ha sufrido a lo largo de su historia, como los de Valparaíso en 1730 (8,7) y 1906 (8,2), el de Vallenar en 1922 (8,5), el Concepción en 1835 (8,2), de Arica en 1868 (9,0), el de Tarapacá en 1877 (8,3), el de Illapel en 1943 (8,2), el de Valdivia en 1960 (9,6), el de Constitución de 2010 (8,8), el de Arica e Iquique de 2014 (8,2). 

Cada uno de ellos nos dejó muchas heridas y también grandes enseñanzas, las cuales nos han permitido soportar mejor el terremoto del 16 de septiembre pasado, una calamidad que podría haber sido peor si no hubiésemos aprendido de nuestros anteriores desastres. 

Hoy tenemos una actitud distinta. Sabemos que las circunstancias dependerán en gran medida de lo que hayamos hecho o no, y que conociendo bien la tierra que habitamos podremos dejar de ser objetos del destino para convertirnos en sujetos del mismo. Hoy sabemos que podemos minimizar los daños y que podemos estar preparados para la fuerza incontrolable e impredecible de este estrecho y largo país, que como un gran dragón nos remece de vez en cuando, pero que también nos aporta sabiduría, conocimiento y belleza.