El caballo en el mundo mítico de los pueblos originarios

Fue tanta la identificación de los indios con los caballos que los incorporaron a sus supersticiones. Por ejemplo, para que el caballo fuera más rápido le daban de beber desleída en agua, piedra vezar de venados y guanacos, a fin de ponerlos más veloces.

El caballo en el mundo mítico de los pueblos originarios

A comienzos del siglo XVII los araucanos poseían una poderosa caballería. Los indígenas se familiarizaron con la equitación, siendo grandes jinetes. Junto con montar a los caballos, también comían su carne, los entrenaban para estar preparados para la guerra, los hacían realizar todo tipos de ejercicios, como saltos largos y de obstáculos, carreras, etc. Si el caballo no estaba preparado se desechaba y lo comían.
 
Con el paso del tiempo, el caballo comenzó a formar parte del mundo primitivo del indio. Tomás Lago en su libro El Huaso explica que “junto a los espantadizos y raudos guanacos, llamas, vicuñas, los frágiles huemules de pezuña partida, pusieron este crinado cuadrúpedo extranjero con vivo olor a pelo, que sometido a su voluntad como un turbión de fuerza natural podía soportar sin cansancio sobre su lomo en guerrero y también dos, en las más duras y prolongadas correrías”.
 
Fue tanta la identificación de los indios con los caballos que los incorporaron a sus supersticiones. Por ejemplo, para que el caballo fuera más rápido le daban de beber desleída en agua, piedra vezar de venados y guanacos, a fin de ponerlos más veloces. También les refregaban las patas con pieles y cascos de estos mismos animales.
 
Asimismo, Lago relata que al enterrar un muerto “que debía permanecer mirando hacia el oeste donde está la tierra de los muertos, sobre su fosa, junto con sus armas, pusieron su montura”.
 
En la actualidad, en los cantos de las machis, el caballo tiene un lugar en sus alegorías rituales.
 
La relación con sus caballos fue tan grande, que en su afán de cuidarlos les aplicaban sus mismos remedios cuando estaban enfermos, los exorcizaban y los sangraban. Los estimaban de sobremanera. En sus malones de sorpresa, lo primero que hacían era robar los caballos que pillaban a mano.
 
De esta forma, los indios se acostumbraron muy tempranamente a hacer todo montado sobre un caballo. “Con dos palitos sacaban fuego sobre la cruz del animal sin detenerse un momento; allí mismo llevaban los atados de carrizo para guerra y montería. El lomo del animal resumió en su esquivo y movible espacio todo el ajuar del indio de su vida cotidiana, pues como no usaba más que una manta elemental pegada al cuerpo, llegado el caso de pasar en el camino la noche, estaba preparados para dormir”, asegura Lago.
 
Así, el pellejo de carnero que formaba el sudadero del caballo, le servía de colchón, la talega de harina tostada, invariablemente colgada al costado, era su repostería y el mate de calabaza su vajilla.