El descubrimiento del salitre en Antofagasta

José Santos Ossa encabezó, en 1866, al grupo de hombres que arriesgaron sus vidas tras la búsqueda del preciado metal.

El descubrimiento del salitre en Antofagasta

En su segunda expedición en busca de minerales de plata en la zona comprendida al oriente  de  la actual  Antofagasta,  José Santos Ossa encabezó, en 1866, al grupo de hombres que arriesgaron sus vidas tras la búsqueda del preciado metal. Fueron nueve esforzados  integrantes, que montaron mulas y burros, les seguían en buenos caballos José Santos y su hijo mayor Alfredo, de solo 17 años.

El punto de partida es la caleta de Cobija, regalo de Bolívar a Bolivia, se siguió el mismo camino de la anterior expedición. Luego de varios días arriban al futuro emplazamiento de la ciudad de Antofagasta, “La Chimba”, luego de un período de descanso se internan de nuevo al desierto.

Si realizamos un perfil humano de José Santos Ossa, era en aquella época un varón de  40 años , mirada que denotaba a un líder nato, cejas gruesas, infatigable viajero del desierto, las “caídas” eran para él incentivos para seguir luchando, pertenecía junto a otros hombres y mujeres al grupo de chilenos que nos crearon un país, rectos, honrados, duros de cuerpo y alma, prepararon al Gobierno y al país para enfrentar no solo al extranjero, sino también en la formación de aquello que es la característica primordial del chileno: “somos una razón de ser”.

Luego de recorrer desmontados al lado de sus cabalgaduras para no dañar a las nobles bestias tras seis días de marcha, arriban al lugar que hoy se conoce como “Caracoles”, que fue un rico mineral de plata, pero el destino se lo negó a José Santos. Los expedicionarios comenzaron a excavar y revisar los materiales, pero nada encontraban, de pronto surge el problema de la falta de agua, por lo que un grupo parte con las mulas en busca del líquido salvador. A la segunda noche, las  mulas enloquecidas de sed escapan, años más tarde se podían ver sus osamentas blanqueando en el desierto, los únicos que tras un verdadero martirio llegaron a la costa fueron los burros.

Mientras en el campamento se vivían horas de zozobra, la poca agua que aun existía se racionaba. Pasaba el tiempo y nada se sabía de los expedicionarios, por lo que se envió al muchacho Alfredo con un baqueano, quien moriría producto del enorme esfuerzo. Alfredo, tras una marcha terrible, se encuentra con los baqueanos, los borricos y el agua salvadora en el lugar que se denomina hasta hoy “Agua del Milagro o Aguas blancas“.

Días más tarde llegaría desde la costa una caravana con agua y todo tipo de insumos. Para celebrar esto, se enciende una gran fogata con pedazos de quiscos y troncos resecos, el fuego hace chisporrotear los tizones, Juan Zuleta, cateador del salitre en Tarapacá exclama: “Cualquiera diría que existe salitre en estos lugares”, frase que más tarde cobraría vida.

Ossa dejó una parte de su equipo en Caracoles y bajó a la “Chimba” a conseguir herramientas, pólvora y materiales para comenzar la búsqueda de plata. Estando pronto a partir, encuentra a dos mineros que se unieron a su grupo, partiendo a   la búsqueda de un camino más fácil para subir a la pampa. En primera noche, estando en el campamento, Juan Zuleta al encender su pitillo, recuerda una costumbre de los fumadores de las salitreras de Tarapacá, colocando sobre la mecha de su encendedor polvo blanco, que había en abundancia en el sector. Al girar la piedra, se enciende con una llama violenta y de un color y olor característicos, era Salitre.

Así, en agosto de 1866 José Santos Ossa construye en ese lugar la oficina Salitrera, “Salar del Carmen” base del Imperio salitrero, con caminos, ferrocarriles, puertos, trenes y bancos, lo que sería el punto de partida de la Guerra del Pacífico.