El último grumete de la Baquedano, oriundo de Talcahuano

Alejandro Silva Cáceres es un joven talcahueño de 15 años, el menor de dos hermanos y cuyo sueño era ser marino, a pesar que su padre murió en un naufragio, y que su hermano mayor, Manuel, desapareció en Magallanes, a donde se marchó con la ilusión de que en los mares del Sur se ganaba mucho dinero cazando nutrias, lobos, zorros y otros animales de piel fina. Su madre viuda para sobrevivir y sacar a su familia adelante, lavaba y planchaba los uniformes y blancas camisas de los marinos de la ciudad.

 

El último grumete de la Baquedano, oriundo de Talcahuano

El lector ya se habrá dado cuenta que, si bien esta podría ser una historia real, estamos hablando del libro El Último Grumete de la Baquedano, una novela de Francisco Coloane (1910-2002), el gran narrador de la sobrevivencia del hombre y de los mares y vientos de Chile. Escrita en 1941 esta obra nos relata, a través de Alejandro, la última travesía del buque escuela “La Baquedano”, durante su viaje de instrucción, desde Talcahuano hasta el Cabo de Hornos. En definitiva, una excusa para enseñarnos el paisaje accidentado y exuberante de lugares como Talcahuano, Puerto Montt, Golfo de Penas, Punta Arenas y Magallanes, con sus fiordos, cabos, penínsulas, archipiélagos, islas y bahías.

Antes de embarcarse en la que sería la mayor aventura de su vida, Alejandro de espíritu valiente y sagaz, era un alumno destacado en la escuela primaria y el liceo de Talcahuano. Consciente de que éste era el último viaje de la corbeta “Baquedano” y la única oportunidad que tenía para convertirse en uno más de los grumetes del glorioso buque, se despide de su madre y profesores a través de una carta.

Una vez que es descubierto en su escondite en la proa, fue presentado al capitán y luego al comandante, quien, al escuchar las explicaciones del muchacho, decidió que lo consideraran el último grumete. A partir de entonces, Alejandro aprendió todo lo que tenía que saber un buen grumete: armar un “coy” con el colchón y las dos mantas de reglamento, a levantarse al toque de la corneta y a subordinarse al mando de sus superiores, las maniobras de la navegación a vela, y el nombre de los instrumentos y compartimientos de una corbeta de guerra.

Francisco Coloane, hijo de un Capitán de un barco ballenero, aferrado a su pluma de narrador innato, nos cuenta las peripecias de su joven protagonista, con la experiencia de quien ha recorrido muchos mares y ha visto muchos sitios, un hombre que no sólo fue navegante en los canales australes, sino también cazador de lobos, ovejero y diestro domador de potros en las estancias de Tierra del fuego.

El Último Grumete de La Baquedano nos lleva además por un viaje de mitos y leyendas y que nos muestra un Chile para muchos desconocido. Finalmente, la “Baquedano” arriba al Cabo de Hornos, y el último grumete, Alejandro silva Cáceres, encuentra a su hermano mayor, Manuel, quien, vestido a la usanza de los indios yáganse, vivía en calidad de cacique con una india de buen parecer y tres hijos menores. Manuel, más que representar el sincretismo cultural, asumió como suyas las costumbres ancestrales de los yáganse. Quizá por eso, mientras contemplaba las aguas gélidas del mar, se le acercó a Alejandro y le dijo: “¡Los hombres somos como los témpanos, la vida nos da vueltas a veces y cambiamos!”.

En esta región inhóspita y agreste, conocida como “El Paraíso de la Nutria”, los indios yáganse sobreviven aislados del mundanal ruido de las urbes, llevando una vida sedentaria en medio de la nieve y el viento helado. Se alimentan casi exclusivamente de la caza de nutrias, lobos, pingüinos y otras aves, debido a que, a diferencia de los primeros occidentales que llegaron atraídos por la fiebre del oro, los habitantes ancestrales no conciben la propiedad privada y prefieren llevar una vida en simbiosis con la naturaleza, tomando los alimentos que les provee el mar, y, algunas veces, del trueque que realizan con los tripulantes de los barcos mercantes que atraviesan por ese helado confín del mundo.

Alejandro Silva Cáceres, a su retorno a Talcahuano, lleva el uniforme de marino, y, para la alegría de su madre, las pieles y el oro que le entregó su hermano Manuel, como prueba de que el amor de un hijo por su madre es inmutable a pesar del tiempo y la distancia.