Gustave Verniory: trenes o la llegada de la modernidad

Durante diez años, (1889-1899)  Verniory fue actor y testigo del proceso de incorporación de la Araucanía al desarrollo del país.

Por: Patricia Arancibia.

Gustave Verniory: trenes o la llegada de la modernidad

Cuando el ingeniero belga Gustave Verniory llegó a la Araucanía en 1889 tenía sólo 24 años. Había sido contratado por el  gobierno de José Manuel Balmaceda para colaborar en la construcción de la línea férrea que uniría el tramo de Victoria a Toltén. En esos tiempos el gran ferrocarril central llegaba  hasta Collipulli y lo que se pretendía  era atravesar de parte a  parte la Araucanía recién conquistada con el objeto de unir el Chile central con Valdivia,  cuyo acceso era sólo por mar.

Durante los primeros meses, su base de operaciones fue Victoria, desde donde eran visibles varios volcanes, “de los cuales uno, el Llaima, está en plena erupción. Todas las noches brilla en la lejanía como un faro gigantesco; de tiempo en tiempo, lanza un formidable chorro de fuego, acompañado de un ruido semejante a una descarga de artillería.”

Impresionado por el paisaje, en su diario de viaje, describe también al pueblo que lo acoge: “En Victoria, algunas calles son verdaderas barrancas. Para construir la ciudad se ha desmontado la selva virgen que cubría su emplazamiento, y en ciertos puntos aún no han sido recubiertas las excavaciones resultantes de la extracción de los troncos de los enormes árboles. Todavía quedan grandes hoyos escondidos bajo una capa de barro y agua donde los caballos se hunden hasta la silla”.  Con todo, sigue describiendo, “se puede circular fácilmente por las aceras, que están más altas y mantenidas por estacas, sobre las cuales se han clavado tablas al costado de la calle. Las noches son tristes. Las paso generalmente solo en mi pieza calentada por un brasero, fumando, leyendo, escribiendo o tocando la flauta.”

Reanudadas las tareas de construcción de vías férreas a comienzos de 1892 –luego de la guerra civil-, Verniory dirigió la ejecución de la línea entre Perquenco y Temuco, en una extensión de 45 kilómetros.

El diario de Verniory también aporta valiosas observaciones antropológicas, como su descripción de las creencias mapuches:

“Los mapuches están persuadidos de que la muerte no es el término de la existencia y de la personalidad individual. Cualesquiera que hayan sido en la tierra las virtudes o los crímenes del difunto, él continuará viviendo en el más allá en las mismas condiciones de clase en que vivía aquí abajo. Los jefes de tribu, los ricos, continúan durante cierto tiempo residiendo en los alrededores de su habitación terrestre, tomando la forma de un pájaro o un moscardón. En cuanto a la generalidad de los indios de clase pobre, éstos van más allá de los mares a una región fría y escasa de alimentos, pero donde, sin embargo, tienen una vida soportable. Los guerreros valientes que han sucumbido en la lucha, son transportados a las nubes, donde continuarán combatiendo en medio de las tempestades. Así en los días borrascosos se puede ver a los indios apasionarse por el conflicto de las nubes, donde su imaginación los hace reconocer a sus antepasados”.

Además, Verniory desarrolla una intensa relación de trabajo con el lingüista alemán Rodolfo Lenz, quien le solicitó su ayuda en la elaboración del Diccionario de Lengua Mapuche.

En diciembre de 1898, la liquidación de los trabajos de la línea Temuco- Pitrufquén llevó a Verniory a Santiago. Un mes después, tras una permanencia de diez años, se despidió de Chile emprendiendo viaje de regreso a su patria.