Isla de Pascua y los misteriosos moáis

En Anakena, siete moáis están de pie sobre una plataforma de piedra de 16 metros de largo, de espaldas al Pacífico. ¿Cómo hicieron los primeros habitantes de la isla esas estatuas?

Isla de Pascua y los misteriosos moáis

Cuenta la leyenda que los primeros colonos polinesios tocaron tierra con sus canoas en Anakena hace unos mil años, tras navegar más de 2.000 kilómetros por el Pacífico. Se presume que fueron estos mismos colonos los que tallaron hace siglos las colosales estatuas humanas llamadas moáis.

En Anakena, siete moáis barrigudos están de pie sobre una plataforma de piedra de 16 metros de largo, de espaldas al Pacífico, los brazos a ambos lados del cuerpo y las cabezas tocadas con el alto pukao de escoria volcánica roja. ¿Cómo hicieron los primeros habitantes de la isla esas estatuas?

La isla de Pascua tiene apenas 164 kilómetros cuadrados. Está a 3.500 kilómetros al oeste de América del Sur y a 2.000 kilómetros al este de las islas Pitcairn, el territorio habitado más cercano. Tras su colonización permaneció aislada durante siglos. Todo el trabajo y los recursos des­tinados a la construcción de los moáis, que miden entre uno y diez metros de altura y superan las 80 toneladas de peso, procedían de la propia isla. Sin embargo, cuando los primeros navegantes europeos, exploradores holandeses, arribaron a la isla en 1722, se encontraron con una cultura de la edad de piedra que había tallado los moáis con herramientas líticas, la mayoría en una única cantera, y luego los había transportado sin animales de tiro ni ruedas hasta los ahu, enormes plataformas de piedra situadas a una distancia de hasta 18 kilómetros. Al observar esto les surgió la pregunta clave. ¿Cómo lograban transportarlos?

Las evidencias lingüísticas, ar­­queológicas y genéticas han demostrado que los constructores de los moáis eran polinesios, pero no han explicado cómo movían sus obras. Por lo común los investigadores han dado por hecho que las arrastraban. Sin embargo, según la tradición pascuense los moáis eran animados por el mana, una fuerza espiritual transmitida por los antepasados, que lograba que los moáis anduvieran.

Según investigadores, los jefes de clan rivalizaban por erigir estatuas cada vez más grandes como demostración de poder. Se cree que los moáis se colocaban tumbados en unos trineos de madera y eran arrastrados sobre troncos. Esto requería de mucha madera y mucha gente, y para alimentarla, había que talar todavía más bosque. Cuando estalló la guerra civil, los rapanui empezaron a derribar los moáis. A finales del siglo XIX no quedaba nin­guno en pie. La isla de Pascua adquirió entonces el aura de tragedia que aún hoy conserva.

Experimentos financiados por el Expeditions Council de National Geographic, lograron demostrar que 18 personas, con tres cuerdas resistentes y algo de práctica, bastaban para desplazar unos cientos de metros la réplica de un moái de 3 metros de altura y 5 toneladas de peso. Recorrer kilómetros con un moái mucho más grande debía de ser complicado. Decenas de estatuas caídas flanquean los caminos que parten de la cantera, pero son muchas más las que llegaron intactas a sus plataformas.

Así, cada día que pasa Isla de Pascua nos llama a explorar su patrimonio cultural. También nos obliga a preguntarnos ¿de qué manera protegemos su arqueología y su cultura milenaria? Lo cierto, es que la cultura rapanui y su inmensa riqueza nos obliga a cuidar y conocer más de nuestro propio Chile.