José María Caro: ejemplo de vida austera y piadosa

Caro había nacido en la antigua provincia de Colchagua y pertenecía a una familia piadosa y humilde. Según su propia confesión, nunca pensó en ser sacerdote. "¡Yo era un pobre niño de campo!", decía, atribuyendo la vocación a la piedad de sus padres.

José María Caro: ejemplo de vida austera y piadosa

Cuando el país vivía las vísperas de Navidad en 1945, Chile conoció el nombramiento del arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, entonces de 75 años, como nuestro primer cardenal.

José María Caro viajó a Roma algo sorprendido. Nunca había querido hacerse eco de los rumores sobre las gestiones emprendidas bajo los auspicios del Presidente Pedro Aguirre Cerda ante el Papa Pío XII para solicitar el capelo cardenalicio. 

En la Santa Sede, enfermó tan seriamente de bronconeumonía que llegó a temerse por su vida. Por fin, en mayo de 1946, ya recuperado, recibió la insignia y volvió a Santiago donde se le brindó un triunfal recibimiento, con un recorrido desde Cerrillos hasta la Catedral escoltado por dos cuadras de campesinos y feligreses montados a caballo.

Caro había nacido en la antigua provincia de Colchagua y pertenecía a una familia piadosa y humilde. Según su propia confesión, nunca pensó en ser sacerdote. "¡Yo era un pobre niño de campo!", decía, atribuyendo la vocación a la piedad de sus padres.

En la escuela de Ciruelos, donde estudiaba, un sacerdote visitante descubrió su potencialidad y lo envió al Seminario en Santiago. Llegó "mal trajeado, pobremente vestido de campesino", como él mismo manifestó. Estudiante brillante, fue enviado al Colegio Pío Latinoamericano en Roma. Volvió a Chile en 1891, ordenado sacerdote y doctorado con máxima distinción.

En 1911, fue designado Vicario Apostólico y posteriormente obispo de Iquique. Corrían tiempos difíciles para la misión, según recordara después monseñor Emilio Tagle. La crisis de las salitreras, alejamiento de la Iglesia, escasez de sacerdotes, agitación comunista y cierta hostilidad de la masonería. El obispo Caro enfrentó su labor con rigor. Su infatigable celo apostólico y evangelizador se hicieron patente aquellos años, donde las emprendió también con claridad y dureza contra la masonería y los desvíos de la fe.

Dotado para la escritura, el periódico La Luz y numerosos folletos y libros fueron algunos de los medios con que se valió durante su vida para la difusión de la doctrina social de la Iglesia y también para analizar y mantener elevadas polémicas con corrientes que consideraba adversas. Desde sus inicios en el sacerdocio había manifestado con claridad sus opiniones "político-religiosas". A comienzos de siglo se lanzó contra Germán Riesco en el escrito ¿El riesquismo es pecado?, donde llamó a los católicos a no votar por el candidato liberal. 

Controvertidos fueron algunos de sus escritos, como Sociología Popular, donde rechazó cualquier colaboración con el comunismo. La Falange, escindida del católico Partido Conservador, no se salvó de sus dardos. Fue fustigada por monseñor Caro por cooperar a que se establecieran relaciones diplomáticas con la Unión Soviética y por ser antifranquista.

Tras su traslado como obispo a La Serena, a mediados de los años 20, donde siguió su labor pastoral recorriendo pueblos, visitando enfermos y presos (costumbre que mantendría hasta su muerte), recibió en 1939 la noticia de su nombramiento como Arzobispo de Santiago. Durante los 19 años que desempeñó en el cargo, fundó más de 70 parroquias y varias instituciones caritativas, como el Auxilio Social Cristiano. También creó el Instituto de Educación Rural, el FIDE y la Juventud Obrera Católica.