La devoción mariana y la comprensión de la realidad

Pedro de Valdivia trajo consigo una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro que fue venerada desde la fundación de Santiago en una capilla a las faldas del cerro Santa Lucia y que actualmente se encuentra en la Iglesia de San Francisco en el centro. 

La devoción mariana y la comprensión de la realidad

La presencia de la Virgen María en la historia de nuestro país es muy clara. El 8 de diciembre recién pasado ochocientas mil personas fueron en peregrinación al Santuario de la Purísima Virgen de lo Vásquez para venerar a María y en muchos casos cumplir promesas por favores concedidos o para pedir por alguna necesidad. Esta gran peregrinación es muestra de lo profundamente arraigada de la piedad mariana en el pueblo chileno.

Pedro de Valdivia trajo consigo una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro que fue venerada desde la fundación de Santiago en una capilla a las faldas del cerro Santa Lucia y que actualmente se encuentra en la Iglesia de San Francisco en el centro. Son muchos los ejemplos que se pueden encontrar de esta presencia mariana en la historia de nuestro país. Sin embargo en estas líneas queremos reflexionar sobre lo que significa esta devoción para nuestra identidad.

Algunos podrían explicar que la devoción mariana es una muestra de la falta de cultura y educación por creer en la posible intercesión divina de una mujer que murió hace dos mil años. Otros podrían decir que es una proyección subjetiva del anhelo de una madre protectora para que proteja y ayude a escapar de los males del mundo. Sin embargo estas explicaciones no consideran la profunda experiencia religiosa de los miles de devotos que con toda seriedad y desde lo profundo de su ser se acercan a rezar al santuario de María. 

María de Nazaret no es una mujer cualquiera. Ella es la Madre de Dios, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Como tal ha sido venerada en Chile desde nuestros inicios por lo que tratar de entender su devoción tiene que considerar la relación con Dios y la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La fe en Dios tiene que ver con la realidad toda, tiene que ver con una comprensión del hombre y del mundo, esto quiere decir, entre otras cosas, que el orden de la naturaleza no fue causado por sí mismo sino que encuentra en Dios su origen y fin. La relación con un ser trascendente estaba presente también en los pueblos originarios y gracias a esta relación pudieron recibir el mensaje cristiano que les trajeron los misioneros españoles. Sin embargo este Dios cristiano tenía características propias que no conocían estos habitantes americanos. Una de estas importantes diferencias es que Dios se había encarnado y había nacido de una mujer.

Este modo de comprender la realidad ha impregnado nuestra aproximación a la vida y a la muerte, nuestra aproximación al hombre y a la sociedad. Sin ella, por ejemplo, no se habría encontrado fundamento para defender la igual dignidad de los hombres tanto indígenas como españoles como hicieron los misioneros españoles, ni tampoco la posibilidad de conversión y de perdón de las faltas y pecados.

Por otro lado, es claro que la vida de cada uno de nosotros como la de nuestros pueblos no es siempre coherente. Se podría decir que esta falta de coherencia demuestra que no hay una presencia de esta visión de realidad en nuestra vida y cultura. Sin embargo, nos parece que por el hecho que tanto justos y especialmente los que se reconocen como pecadores se acerquen con devoción a María para pedir su intercesión es prueba de su arraigada presencia.

El contenido de la piedad mariana como la difundida devoción en nuestro país muestran que la comprensión trascendente de la realidad no es algo extraño a nuestra identidad más bien es un elemento constitutivo.