La muerte de Pedro de Valdivia: una navidad trágica para los conquistadores

El conquistador fue desarmado y desnudado, le ataron las manos con bejucos (lianas) y lo llevaron caminando por más de dos kilómetros con su casco colocado ( celada borgoñona) el que no podían quitárselo.

La muerte de Pedro de Valdivia: una navidad trágica para los conquistadores

En el libro “Historia de todas las cosas que han acaecido en el reino de Chile”, escrito hasta 1575 por don Alonso de Góngora Marmolejo, se  describe la muerte de Don Pedro de Valdivia cuyo detalle le fue entregado por un principal y señor del valle de Chile que se llamaba Alonso el que servía al conquistador como guardarropa y que hablaba español. Alonso estuvo presente en la muerte de Valdivia y escapó disfrazado de indio de guerra durante la noche del mismo día Después de marchar desde Tucapel se refugió en el fuerte de Arauco donde dio cuenta de lo sucedido.

La versión que sigue está escrita en el español actual para facilitar su entendimiento y tiene el valor de describir el combate de Tucapel con las tácticas empleadas por Lautaro y Valdivia además de describir la horrorosa muerte de este último.

Después de la fundación de Valdivia en 1552, don Pedro se trasladó a Concepción que a su vez había fundado en 1550. Allí pasó el invierno y luego se fue Santiago desde donde envió a Gerónimo de Alderete a España para que negociase con el rey don Felipe la gobernación de Chile de por vida para él.

Estando en Santiago durante el año 1553, recibió refuerzos del Perú con los cuales regresó a Concepción donde dispuso la construcción de casas fuertes. Así mismo envío desde esta ciudad una expedición al mando de Francisco  de Ulloa para descubrir el estrecho Magallanes y otra con Francisco de Villagra al mando para  cruzar la cordillera y procurar el  Atlántico. A su vez encargó al Capitán Bautista Pastene recoger maíz a lo largo de la costa.

Los indios de la costa se alzaron e intentaron ocupar el fuerte Tucapel utilizando varios ardides sin resultados gracias a la cautela de los españoles. Finalmente su capitán Martín de Ariza abandonó el fuerte matando previamente a un grupo de caciques que había capturado y se refugió en Purén.

Valdivia, mientras tanto a mediados de Diciembre de 1553 inició una expedición al sur partiendo desde Concepción con cuarenta soldados y despreciando un poco la capacidad de los indios alzados. Pasó por el fuerte de Arauco, visitó las minas de oro de la zona y continuó al sur hacia Tucapel solicitando que se le unieran allí veinte  soldados desde La Imperial (actual Carahue). Los indios conocedores del avance de Valdivia atacaron el fuerte Tucapel ya abandonado y lo quemaron con sus escuadrones.

Entre los indios se destacó un yanacona llamado Alonso, nombre castellano de Lautaro cuando era criado de Valdivia. Este indio planificó la manera de enfrentarlo habida cuenta que lo conocía ya que le había servido como mozo de caballos. En su preparación para el combate que venía convenció a los indios que los cristianos eran mortales igual que ellos como asimismo que los caballos también morían. Explicó a los escuadrones de indios que los cristianos se cansaban mucho con el calor y que se les podía vencer y que el hacerlo significaría salvarse del yugo de la servidumbre a la que habían sido sometidos y que más tarde sería mucho peor para las generaciones que venían.

Los indios se impresionaron con los dichos de Lautaro y escucharon cuidadosamente las instrucciones para vencer a los españoles. La idea era ocupar la explanada cercana al fuerte de Tucapel donde corría el río por el medio. Allí debían esperar sin mostrarse hasta que aparecieran los españoles en el camino colocando solo un escuadrón para negárselo. El resto de los escuadrones quedarían a la espera ocultos.  Una vez provocado el choque los indios debían retirarse hacia las laderas ya que allí los caballos eran más difíciles de manejar y además se cansaban más al subir. La idea entonces era atacar sucesivamente por escuadrones para desgastar las fuerzas de Valdivia. Lautaro insistía que se podía derrotar a los cristianos de allí que dispuso además un escuadrón en el río por donde tenían que pasar. Insistía además que la peor afrenta que podía infringírseles era que perdieran su ropa de allí que había que atacar cuando los caballos estuvieran cansados y sudados, y que las órdenes para proceder las daría el mismo.

Lautaro ordenó que no se perdiera de vista a Valdivia durante todo el trayecto hacia Tucapel, buscando desgastarlo en todo momento, especialmente en los pasos más difíciles. Durante cada encuentro en el recorrido los indios debían hacer señales de humo para informar a los que acechaban.

Conforme a lo planificado se reunieron cerca de cincuenta mil indios, según el cronista, en la explanada de Tucapel y se ocultaron esperando a los españoles. Valdivia mandó adelantarse a cuatro corredores (exploradores) para verificar el camino los que fueron capturados y eliminados por los indios demostrando muy poco oficio como soldados. A uno de ellos le cortaron el brazo con los restos de su jubón y camisa y lo dejaron en el camino para atemorizar a Valdivia.

Este por su parte siguió su camino pese a que el yanacona Agustinillo le pidió varias veces que regresaran debido a la notoria inferioridad numérica que tenían. Valdivia insistió en su empeño y continuaron adelante hasta avistar el fuerte de Tucapel todavía humeando al que se acercaron mientras los indios se mantenían ocultos en los pajonales cercanos hasta que simultáneamente el primer escuadrón hizo su aparición con sonidos de trompetas y alaridos sorprendiendo a los cristianos. El resto de los indios permanecieron ocultos conforme lo planificado. Valdivia reunió a sus soldados en una pequeña altura junto a los bagajes que llevaba  repartiéndolos en tres cuadrillas. De inmediato envió a la primera de ellas a enfrentar a los indios hiriendo y matando a muchos de ellos, los españoles recibieron a su vez múltiples heridas. El resto de los escuadrones se mantenían quietos esperando las órdenes de Lautaro.

El primer escuadrón agotado se retiró hacia las laderas siendo reemplazado rápidamente por otro fresco ante lo cual Valdivia envió una segunda cuadrilla. No logrando el efecto deseado el conquistador decidió participar directamente en el encuentro. Dejó solo diez hombres con el bagaje y se lanzó al ataque con veintiséis soldados que le quedaban. Los indios huían a las laderas y nuevamente aparecían los escuadrones de refresco. Ante la imposibilidad de destruir al enemigo hizo tocar reunión de tropas y en dicha reunión consultó que se podría hacer. Ante ello un capitán de apellido Altamirano le respondió: “Que quiere nuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos”. Así entonces volvieron a atacar sin éxito ante lo cual Valdivia decidió abandonar el bagaje para poder huir del lugar pensando que los indios se distraerían repartiéndoselo y no lo perseguirían de inmediato. Lautaro no cayó en la trampa y dispuso un fuerte ataque  a los diezmados españoles, lo que hizo a viva voz para que todos lo escucharan. Después de un violento combate los españoles intentaron retirarse hacia el fuerte de Arauco pero sin éxito ya que todos los pasos estaban ocupados por los indios. Al intentar forzarlos los jinetes eran derribados de sus monturas por golpes de lanzas. Valdivia cayó en una ciénaga donde se atoró su caballo y los indios lo derribaron a lanzadas y golpes de macana.

El conquistador fue desarmado y desnudado, le ataron las manos con bejucos (lianas) y lo llevaron caminando por más de dos kilómetros con su casco colocado ( celada borgoñona) el que no podían quitárselo. Por estar muy gordo caminó con mucha dificultad hasta que los indios se detuvieron en un bebedero donde se repartieron sus ropas, quedándose Lautaro con lo mejor en su poder. Trajeron a Agustinillo, un yanacona que lo servía quien pudo quitarle el casco. Valdivia al estar sin su casco pudo hablar a los indios diciéndoles que sacaría a los cristianos del reino y despoblaría las ciudades, dando además dos mil ovejas si lo dejaban con vida. La reacción de los indios fue brutal ya que destrozaron a su yanacona ante sus ojos. El padre Pozo, capellán presente rezó por su alma, mientras los indios hicieron un fuego y con una concha de almeja le retiraron los músculos de los brazos desde el codo a la muñeca, los que comieron asados en su presencia. Después de otras vejaciones lo mataron a  él y al capellán, colocando las cabezas en lanzas junto a la de otros soldados, suerte de la que no escapó ninguno.

Este fue el fin de Pedro de Valdivia, hombre valeroso y bien afortunado. Tenía cincuenta y seis años, hombre de buena estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo, que se había hecho gordo; espaldado , ancho de pecho, hombre de buen entendimiento aunque de palabras no bien limadas, liberal (dadivoso) y hacía mercedes sin interés. Amigo de andar bien vestido y lustroso, bueno para comer y beber. Muy afable y humano con todos. Pero tenía dos cosas que oscurecían su persona aborrecía a los hombres nobles y de ordinario estaba amancebado con una mujer española.