Patricio Lynch: la honorabilidad no tiene fronteras

La crisis política que hoy vive nuestro país, donde la confianza de la ciudadanía en instituciones y políticos se ha esfumado por completo, nos hace recordar e inevitablemente añorar a personajes como Patricio Lynch, un hombre que irrumpió en medio de un profundo caos en Perú, donde el desórden y la anarquía estaban a la orden del día, ordenando a dicho país sin daño alguno sobre la población, demostrando que una autoridad puede portarse bien a pesar de tener un clima y un contexto absolutamente adverso. 

Patricio Lynch: la honorabilidad no tiene fronteras

Llamativo es cuando se menciona que el general chileno Patricio Lynch ostentó el apodo de “virrey del Perú”, aunque a ciencia cierta jamás lo fue. Más allá de la sensibilidad del tema y de lo que este adjetivo pueda causar en nuestros vecinos, lo cierto que es existen relatos y documentos que testifican el hecho concreto que en más de alguna ocasión, en la ciudad de Lima, don Patricio Lynch fue llamado con ese apelativo, por los propios naturales del lugar. 

Esto que parece raro, el que los propios limeños hayan llamado así a un chileno, no lo es tanto cuando entramos a entender el clima convulsionado de la capital peruana en los años finales de la Guerra del Pacífico.

Desde una perspectiva peruana, existen algunas teorías sobre el porqué de la derrota con Chile en la Guerra del Pacífico. De las que más se han difundido, son aquellas que hablan sobre el afán expansionista de nuestro país. Sin embargo, sí existe la perspectiva de crítica sobre el momento que vivía el Perú en las décadas previas al conflicto con Chile y la consecuencia inmediata en el desorden tremendo que llevó al país a perder parte de su territorio y tener al propio ejército enemigo en su Palacio de Gobierno.

El desorden y anarquía vivida en los años previos a 1879, se percibía fuertemente en la clase dirigente peruana. Esto dio paso a un efecto dominó que terminó teniendo al propio enemigo en las puertas de la ciudad. Para este entonces no se contaba con un ejército para defender la capital, no existían líderes con experiencia, los vecinos trataban de encontrar refugio a como dé lugar ante la inminente toma de la ciudad y, según narraciones de la época, los limeños trataron de encontrar todo rasgo de familiaridad europea o extranjera que pudieran, para poder colocar las banderas de ese país en sus casas y así no ser maltratados.

Una vez tomada la ciudad y destruidos los balnearios de la aristocracia, el miedo por la destrucción que pueda generar el ejército chileno caló hondo. Es así que aparece la figura del general Lynch.

El 4 de mayo de 1881, el coronel Pedro Lagos, que desempeñaba el cargo de comandante en jefe del ejército de ocupación fue reemplazado por don Patricio Lynch. Con ello parte un periodo de transición y de gran manejo por parte del militar chileno.

Don Patricio ocupó la pieza que ocupaba don Nicolás de Piérola en Palacio Pizarro y desde allí ordenó al ejército de ocupación no generar ningún tipo de daño sobre la población de la capital peruana, con advertencia de ser duramente reprendidos los soldados que se muestren contrario a la ordenanza. Ayudó a la policía local con el orden y disminución de todo tipo de pelea entre los propios bandos políticos peruanos. Intentó dar paso a un gobierno de transición, lo que finalmente fracasó por el aún poco orden entre la desordenada clase dirigente del Perú. Con su figura disminuyen los intentos subversivos de alzamiento contra los soldados chilenos, llegando en un momento, durante las campañas en los Andes contra el Mariscal Cáceres, a dejar con muy pocos hombres en la ciudad y mandando al grueso de militares a dar frente en los andes peruanos.

Estas actitudes, su cercanía con quienes habitaban entre el Rímac y las puertas de la ciudad, generó un orden que en varias décadas no vivía el país y por consecuencia un prestigio manifestado en los limeños en sus formas de tratarlo.

Su figura fue, con el paso del tiempo, ganando gran respeto y así, nombrado en las tertulias, calles y palacios limeños, por los naturales de la Ciudad de los Reyes como “el último virrey del Perú”