Reseña histórica de la antigua Hacienda Aculeo

Desde la compra de la hacienda, los hermanos Letelier habían traído desde Llay Llay numerosas familias que vinieron a habitar estas tierras y cuyos descendientes son en su gran mayoría las que la pueblan hoy. Edelmira Espínola, alrededor de 1893, entró en negociaciones con Pilar Valdés, su vecina, también viuda de Patricio Larraín y cuyos resultados fueron la compra de "Aculeo Afuera", es decir, lo que hoy día es, Peralillo, Abrantes, Huticalán con todos los cerros correspondientes que dan hacia el Sur. 

Reseña histórica de la antigua Hacienda Aculeo

El sector de Aculeo, dentro de la comuna de Paine, limita al poniente con Melipilla  y hacia el norte con Calera de Tango. Se tiene conocimiento de esta zona rural desde el siglo XVI, desde la llegada de Valdivia a tierras chilenas.

Respecto a la presencia de indígenas  en el sector años atrás, queda de manifiesto en cartas de encomiendas que no solo eran muy pocos los asentamientos encontrados en dicho lugar, si no que al mismo tiempo se trajeron originarios desde Malloa hacia la zona, como queda expresado en documentos de la época.

La palabra Aculeo se puede traducir de diversas maneras, dependiendo de las raíces mapuches que se unan para formar la palabra. Quizás la traducción más cercana a su significado real sea lugar de encuentros. Esto no está alejado de la realidad del lugar, pues al poseer una gran cantidad de afluentes naturales, se transformó en un sitio de concurrida actividad indígena sin asentamiento, que luego sería de mucha actividad del inquilinaje de principios de siglo.

La Hacienda Aculeo tiene a Fernando García de Cáceres y a su hijo Diego García de Cáceres, como los primeros propietarios y encomenderos de la hacienda. Desde su administración experimenta la dirección de varios estancieros y encomenderos, de los cuales se destacan Luis Montes de Sotomayor, Juan Álvarez Berrios, Juan Fernández de Caballero, y sobre todo Francisco Salinas, quien atacara en 1642 al reducto indígena junto a García, donde se les ordeno devolver a los naturales las tierras expropiadas.

Al igual que en muchas haciendas de la zona central del país, la hacienda Aculeo vio determinado su crecimiento de la mano del crecimiento agrícola. Las estancias no solo determinaban la propiedad respecto a una zona determinada de terreno, sino que al mismo tiempo por sobre cualquier objeto u animal que se desarrollara dentro de sus límites. Dentro de lo anterior están los inquilinos, que formaban parte de la propiedad de los hacendados, doctrinando sus creencias, su crecimiento intelectual. En muchas ocasiones son las señoras de los dueños quienes sociabilizan la educación dentro de las haciendas. Se construyen capillas, caseríos con pequeñas facciones de terreno para los inquilinos. El crecimiento de los terrenos aglomera unas significativas poblaciones dentro de estos reductos agrícolas que se verán fuertemente afectadas por, los trabajos salitreros y urgenticos en el norte del país.

El año 1738 la hacienda Aculeo fue adquirida por la familia Larraín, que por esos años se encontraba dentro de las familias más acomodadas e influyentes dentro de la apacible vida de la naciente burguesía chilena. Con políticos y hombres de sociedad, la hacienda estuvo ligada al mayorazgo de la familia Larraín Gandarillas hasta 1863, que contaba dentro de sus filas al arzobispo de Santiago Joaquín Larraín Gandarillas.





Wenceslao Letelier y José Letelier, poseían tierras en Llay-Llay, donde se encontraba la hacienda Vichiculen. Ahí se hacían extracciones mineras, aprovechando la existencia de carbón de espino, además tenían pertenencias mineras en Catemu que explotaban con bastante éxito. Dada la extraordinaria existencia de bosques y, especialmente de espinos, los hermanos Letelier insistían en la compra de Aculeo, hasta que muy a su pesar, Patricio Larraín vendió la parte llamada Aculeo adentro, que comprendía la Laguna propiamente tal y todas las tierras y cerros adyacentes en $280.000 oro de 18 peniques.

Los Letelier decidieron separarse comercialmente y es así como Wenceslao quedó con las tierras de Llay Llay. José Letelier quedó en Aculeo y casó con Edelmira Espínola Mardones, hija de grandes terratenientes de Los Andes, bastante menor que él, la que le dio dos hijos varones Miguel y José Letelier Espínola. En 1891 Edelmira Espínola enviudó y quedó prácticamente sola a cargo de la Hacienda con sus dos hijos aún pequeños.

Desde la compra de la hacienda, los hermanos Letelier habían traído desde Llay Llay numerosas familias que vinieron a habitar estas tierras y cuyos descendientes son en su gran mayoría las que la pueblan hoy. Edelmira Espínola, alrededor de 1893, entró en negociaciones con Pilar Valdés, su vecina, también viuda de Patricio Larraín y cuyos resultados fueron la compra de "Aculeo Afuera", es decir, lo que hoy día es, Peralillo, Abrantes, Huticalán con todos los cerros correspondientes que dan hacia el Sur.

Así, la primitiva Hacienda quedó nuevamente en una sola mano. Se transformó rápidamente en una eficiente unidad agropecuaria con una enorme producción agrícola y ganadera. El centro administrativo se instaló definitivamente en Pintué y las antiguas casas del Vínculo, se destinaron a residencia de administradores y empleados superiores. Edelmira manejó con mucha energía y acierto sus propiedades, ayudada en un comienzo por su hermano Marcial. En la Hacienda se hacía una intensa vida social y el gran coche de trompa estaba a todas horas enganchado para salir a buscar los amigos, parientes, obispos, políticos que llegaban a la estación de Hospital en el tren del Sur.

Entre ellos destacaban muchos de los grandes pintores chilenos de esa época, tales como Pedro Lira, Onofre Jarpa, Enrique Swinburn, Helsby y otros que visitaron asiduamente la Hacienda dejando numerosas telas de hermosos paisajes que aún se conservan en la familia.

En 1912 se le ofreció, en el marco de los festejos oficiales, un gran almuerzo al Presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, cuyo recuerdo perduró largos años en la memoria de los habitantes de Aculeo, como en el público en general, especialmente el magnífico tren presidencial estacionado en Hospital y la caravana de carruajes transportando a tantos conspicuos personajes nacionales y extranjeros.