Serie histórica Chile Perú: una década de tensión 1970-1979

A fines de agosto de 1971, Allende realizó una gira a Ecuador, Colombia y Perú. Era la primera vez, desde la Guerra del Pacífico, que un presidente chileno visitaba oficialmente este último país.

Por: P.A.C

Serie histórica Chile Perú: una década de tensión 1970-1979

Capitulo II - El Ejército prepara la “defensa móvil” de Arica

Augusto Zimmermann, Secretario de Prensa de Velasco, relató años después en el diario limeño La República, que el primer incidente serio con Chile ocurrió en 1971, “cuando un submarino chileno penetró en aguas territoriales peruanas entre las localidades de Ilo y Matarani. La incursión fue detectada por la Armada que, tras no lograr que la nave se retirara, dispuso que patrulleras arrojaran cargas de profundidad que lo averiaron severamente, el cual después de ser perseguido, finalmente se alejó sin salir a la superficie”. Según Zimmermann, “Velasco fue informado del incidente y envió al Secretario General de la Presidencia a Santiago, para explicar a Allende las causas por las que las autoridades navales habían utilizado cargas de profundidad. Allende ofreció excusas tras explicar que la incursión del submarino había ocurrido por un error de navegación, con lo cual Velasco dio por cerrado el caso. El incidente fue rápidamente superado y mantenido como secreto de Estado, sin el menor conocimiento de la prensa de ambas naciones”.

Mientras tanto, la implementación del plan de guerra peruano continuaba. Una misión fue enviada al Cercano Oriente, ya que el terreno del norte de Chile era muy similar al de las alturas del Golán, teatro de la Guerra de los Seis días y que había sido resuelta en 1967 mediante una ofensiva relámpago. El informe de los observadores fue concluyente: los tanques Centurion (británicos) y Sherman repotenciados (norteamericanos) que utilizaba Israel, siendo eficientes, eran inferiores a los tanques T-55 soviéticos con que contaban los sirios y se adaptaban mejor a la forma de combatir de las tropas peruanas. Además, los tanques rusos poseían mejor tecnología, eran más baratos y, algo importante, les permitía más libertad de acción en relación a Estados Unidos, con el cual las relaciones se estaban poniendo tensas.

Tomada la decisión de compra, el embajador peruano en la Unión Soviética, Javier Pérez de Cuéllar, firmó en tiempo récord los acuerdos de capacitación del personal y a partir del segundo semestre de 1971 un elevado número de oficiales y suboficiales viajaron a Vitrel y Odessa, donde estaban los centros de entrenamientos de blindados, artillería e ingeniería de combate. En Moscú recibieron entrenamiento los pilotos de los aviones MIG, Sukoi y Antonov. Así, a fines de 1972 ya se habían capacitado más de 300 oficiales y 500 suboficiales de ambas ramas. A su vez, llegaron al Perú unos 200 instructores altamente capacitados de las fuerzas soviéticas. Curiosamente, casi la totalidad de ellos hablaba quechua.

Informe confidencial de Prats

El general Carlos Prats, quien lo acompañó, despacha en sus Memorias, ese viaje en apenas dos líneas. Pero confidencialmente informó en detalle al Consejo de Generales lo que había percibido:

 “En Perú, encontré una actitud reticente y fría. El general Montagne fue muy cordial y abierto en todos sus actos, pero el comandante general de la Armada fue muy frío, casi descortés. El resto, atentos pero expectantes. Logré quebrar la barrera del hielo inicial. En lo efectivo, fueron muy diplomáticos pero no me mostraron nada de real importancia. Me invitaron al Comando de Instrucción Militar, donde se encuentran reunidas las secretarías de estudios de las diversas escuelas de armas; fui al Colegio Militar, donde conocí sólo algunas dependencias y presencié un muy buen desfile de los cadetes que denotaba una acabada preparación. Luego me condecoró el general Montagne en una ceremonia muy lucida”. Después, Prats agregó algo muy sugestivo: “Desde el punto de vista de inteligencia hubo dos hechos que me llamaron poderosamente la atención. La primera fue la confidencia del general Montagne sobre la forma como gestaron el golpe militar y luego el imponerme por intermedio del director de inteligencia del Ejército peruano, coronel Molina, que el ex agregado militar argentino, general Colombo, al término de su gestión en Chile, había estado 15 días alojado en su casa”. Como conclusión, señaló que “Perú cuenta con un potencial militar expectable. 

Al contrario de lo que podría pensarse, el hecho que los militares gobiernen el país, no los ha limitado en su cohesión institucional sino que la ha acentuado, ya que paralelamente con asumir la responsabilidad política, se han preocupado íntegramente de acrecentarla. Existe prioridad presupuestaria para el ejército, que se traduce en su clara potencialidad”.

Chile preocupado: Allende se entrevista con Velasco

Las Fuerzas Armadas chilenas estaban preocupadas por el desbalance de poder que se estaba produciendo. El 8 de junio de 1971, el ministro de Defensa de Allende, Alejandro Ríos Valdivia, declaró reservadamente al Alto Mando que había escuchado las exposiciones de los jefes de Estado Mayor de las instituciones, asegurándoles que el gobierno estaba consciente de la crítica situación en que se encontraban para cumplir su función esencial, especialmente el Ejército. El 25 de junio, refiriéndose al mismo tema, se informó en un nuevo Consejo de Generales que Estados Unidos estaba limitando los créditos, poniendo dificultades para la adquisición de material, por lo que en adelante habría que pagarlos al contado. Se estaban ofreciendo facilidades mucho más ventajosas en Europa Oriental y Occidental. 

A fines de agosto de 1971, Allende realizó una gira a Ecuador, Colombia y Perú. Era la primera vez, desde la Guerra del Pacífico, que un presidente chileno visitaba oficialmente este último país. Cuenta el embajador Jerez que hubo química entre ambos mandatarios; terminaron tuteándose y “floretearon con ingenio y picardía como si hubieran sido viejos camaradas”; tanto así que posteriormente él se convirtió en portador de varios mensajes, siempre manuscritos, “del Chino para el Chicho y del Chicho para el Chino”. Ambos compartían una actitud anti norteamericana y pro castrista. Velasco se enorgullecía de su relación con Allende, y a uno de sus colaboradores más cercanos, el general Aníbal Meza Cuadra, le decía “Allende”, por su parecido con el presidente chileno.

Inesperada visita del Perú

En el intertanto, en el norte, las relaciones entre militares peruanos y chilenos seguían siendo relativamente cordiales. Ello explica que un incidente, que pudo tener graves consecuencias, no haya pasado a mayores. El Rancagua, al mando del coronel Sergio Covarrubias, continuaba siendo el único regimiento que guarnecía Arica, manteniendo un contacto amistoso con las unidades peruanas asentadas en Tacna. El 4 de marzo de 1971, día de elecciones municipales, “y mientras muy temprano desayunábamos en el Casino para salir a cumplir con nuestras obligaciones –recuerda el entonces subteniente Waldo Zauritz- irrumpió con los ojos desorbitados el ofi cial de guardia, teniente Luis Vera Muñoz, gritándonos: “¡Tengo presos a una sección de peruanos ahí afuera!”.
Naturalmente, no le creímos, pero como insistía, nos asomamos a las ventanas y vimos un camión Mercedes Benz, muy parecido a los nuestros. La sección peruana permanecía sentada en el vehículo, con sus fusiles al frente, inmóviles, con la vista clavada en el horizonte y evidentemente asustados, mientras mi comandante le daba una filípica al alférez que estaba al mando. ¿Qué había ocurrido? El alférez, recién egresado del Colegio Militar y proveniente de Lima, había sido recibido en Tacna con una fi esta que culminó en una borrachera.

Su capitán, ya de amanecida, gastándole una broma, le dio la misión de salir al frente de sus hombres e izar la bandera peruana en el Morro en una ceremonia conjunta y autorizada por Chile. El joven oficial, feliz de cumplir con tal honorífico cometido, no tardó en alistarse cruzado la frontera con su sección, sin que nadie le impidiera el paso. El intercambio de visitas era frecuente, cada vez que había un aniversario o cosas así.” El camión con los peruanos recorrió la ciudad en busca del regimiento desde donde partirían a la ceremonia, hasta que fue interceptado por carabineros y trasladado al Rancagua. El coronel Covarrubias, con criterio y aplomo comprendió la situación y luego de reconvenir al alférez por su irresponsabilidad, le ordenó regresar de inmediato a Tacna, debidamente escoltado por jeeps del regimiento hasta el paso fronterizo de Chacalluta. De ahí en adelante surgieron diversas versiones de este incidente. De hecho los peruanos han señalado posteriormente que lejos de ser una broma, ésta habría sido una operación de inteligencia destinada a comprobar la capacidad de reacción del personal militar chileno. Incluso se dio a conocer el nombre del alférez, Juan Apesteguía Márquez, el cual pertenecía al grupo de artillería 502, del cuartel Albarracín, de Tacna. Obviamente, en su momento, nada de esto trascendió a la prensa.

Alerta chilena en la frontera

Advertido de estos antecedentes por sus propias fuentes, el Ejército chileno dispuso alerta en la frontera y con los medios disponibles – 56 oficiales, 560 hombres de planta y 1500 conscriptos, organizados en un batallón de infantería, un grupo de artillería y una compañía de ingenieros de combate – se iniciaron las primeras actividades defensivas. Al comienzo, dada la ausencia de fuerzas, estas medidas tuvieron un carácter psicológico. 

El oficial de operaciones de la unidad recuerda que era tal el grado de indefensión de Arica que idearon varias estratagemas. Una de ellas consistió en “pasear una batería de artillería por la ciudad, cuyos cuatro cañones eran tractados por vehículos Unimog, haciéndola salir hacia el valle de Azapa donde había un gran depósito de municiones, construido de concreto y tapado con arena para disimularlo. Todos los ariqueños sabían de su existencia y al pasar por sus cercanías decían “allá están los milicos”. Durante la noche los cañones volvían a su cuartel, ahora sobre camiones cubiertos con lonas y a los pocos días, nuevamente eran sacados a la calle, pero ahora tirados por camiones de otro modelo y después del “paseo” se dirigían al depósito mencionado. Lo importante, agrega, era dar la impresión de contar con mayores fuerzas a fi n de elevar la moral de la población.” Pero no todo consistía en engañar al adversario, sino que, efectivamente, se comenzó a preparar el terreno para materializar la defensa, lo que se hacía a vista y paciencia de cualquiera para ir demostrando a todos, chilenos y peruanos, que existía voluntad de lucha.

El regimiento Rancagua dependía de la VI División de Ejército cuyo Cuartel General estaba en Iquique. Su comandante en jefe era el general Carlos Forestier, un oficial con fama de enérgico, estricto y abiertamente anti peruano. Los oficiales a sus órdenes le temían. Apodado “el Rommel chileno” por los peruanos, éstos le reconocían su capacidad y resolución. Su sola presencia al mando de la zona norte constituía un factor de disuasión. Durante el último medio siglo los regimientos habían estado instalados en la parte sur de la ciudad, frente a la playa. Forestier los trasladó a la pampa, donde comenzaron a vivir en carpas, en una especie de campaña permanente, practicando ejercicios y realizando maniobras sobre el terreno. Nunca se ha discutido su mérito por haber logrado elevar el grado de alistamiento de las unidades y el espíritu de combate de las tropas hasta un nivel nunca antes visto en tiempo de paz.

El jefe de operaciones de esa División recuerda que “pensábamos que el Perú iba a hacernos un doble envolvimiento, es decir, dirigiría su esfuerzo principal intentando coparnos con una ofensiva blindada de tanques y tropas mecanizadas provenientes de Tacna, potenciada por un estrecho apoyo a tierra de sus aviones estacionados en la nueva y supuestamente secreta base aérea La Joya. Este ataque se complementaría con operaciones efectuadas por paracaidistas y fuerzas aerotransportadas desplegadas a la espalda de Arica, para lo cual contaban con unos 80 helicópteros de transporte. Una brigada de infantería de marina desembarcaría en las quebradas de Vitor y Camarones, entre Arica e Iquique, aislándonos por completo antes de dar la batalla de aniquilación. Así, el teatro de guerra quedaba circunscrito al espacio que ellos pudieran efectivamente ocupar.”
En enero de 1973, el coronel Covarrubias fue destinado al Estado Mayor General del Ejército cuyo jefe era el general Augusto Pinochet. Le sucedió en el mando del regimiento Rancagua, el coronel Odlanier Mena. Dado que la situación se estaba tornando amenazante, el cometido que recibió fue defender Arica “a cualquier costo.”

El nuevo comandante no había sido elegido al azar, porque hasta ese día cumplía funciones en la Dirección de Inteligencia del Estado Mayor. Conocía por tanto, el grado de avance del dispositivo ofensivo que estaba montando el Perú.
Además había estado tres meses en Arica el año anterior, porque Allende, lo había nombrado interventor de la industria electrónica durante el Paro de Octubre, sustituyendo al líder comunista Luis Corvalán.

Implementan defensa móvil de Arica

Con la llegada de Mena cambió la dinámica de la defensa de Arica. La indefensión de esa ciudad era casi completa. Se habían tomado algunas medidas disuasivas, pero la realidad era que si se desataba la agresión, nada detendría el avasallador paso de las columnas blindadas peruanas. En enero de 1973 el general Pinochet citó al tercer año de la Academia de Guerra, suspendiéndole las vacaciones, para encomendarle una nueva planificación de la defensa de Arica e Iquique. El concepto que se elaboró fue el de una “defensa móvil”.

En lo inmediato, era imprescindible completar la dotación de guerra del Rancagua con personal traído desde el centro del país, e ir instalando escalonadamente refuerzos entre Arica e Iquique a fi n de dar profundidad a nuestro dispositivo defensivo. Si bien éramos capaces de reunir los hombres necesarios, no podíamos hacer lo mismo con el material: juntando los tanques de todo el Ejército, no alcanzábamos siquiera a completar la dotación de guerra de una unidad blindada.
Apelando al ingenio, requisando la maquinaria de CORFO y contando con la activa colaboración de las empresas privadas, del Club Aéreo y de la población, comenzó a materializarse la “defensa móvil”. Los trabajos consistieron en la construcción de un parapeto delantero mediante movimientos de tierra, fosas antitanques, camellones y la instalación de tetrápodos, línea de resistencia destinada a entorpecer, y ojalá detener, la ofensiva adversaria. Detrás de aquella línea, se prepararon los refugios para las tropas de reserva que actuarían concentradamente en el punto específico del ataque enemigo. Asimismo, por primera vez, se sembró con 20.000 minas antipersonales y antitanques, amplias áreas entre la Línea de la Concordia y Arica, impidiéndose así la libre circulación entre la costa y las primeras estribaciones montañosas. De esta manera el desplazamiento de los vehículos civiles quedó limitado a la carretera Panamericana.

Así, el combate con los tanques peruanos se libraría en un frente muy angosto. Por supuesto, los militares le sacaron todo el partido posible a la configuración del terreno. Como en el desierto existen unos pozones naturales llamados “chuscas”, distanciados entre sí por algunos metros y no se notan al mirarlos porque están cubiertos por una especie de “polvo de talco”, era difícil que los carros de combate adversarios se aventuraran masivamente por esos lugares. Los tanquistas saben que si llegan a caer en una “chusca” es casi imposible que puedan salir de ahí por sus propios medios, máxime si están bajo el fuego de morteros enemigos. Complementando estas defensas naturales, Mena con sus hombres y utilizando retroexcavadoras civiles, creó nuevos obstáculos artificiales que complementaron los ya existentes. Dadas las dificultades de desplazamiento que enfrentarían los carros de asalto en ese terreno, se previó que dicha zona sería asaltada por tropas paracaidistas. Fue así entonces que para contrarrestarlos, se fabricaron varios miles de “miguelitos” de acero de un metro de alto que se esparcieron por el terreno, haciéndoles saber a los peruanos que al caer quedarían ensartados.
La guerra, a estas alturas dejaba de ser un fantasma, corporizándose dramáticamente. La propia propaganda peruana, de tanto repetir que Chile preparaba un ataque para encubrir sus propias intenciones ofensivas, terminó por asustar a su propia población. La gente más pudiente de la sociedad tacneña, al ver toda esta actividad militar, comenzó a alejarse del peligro, emigrando a Lima.
Cuando el movimiento se convirtió en una corriente que saturaba los vuelos y buses, el general Artemio García telefoneó a su contraparte chilena, coronel Odlanier Mena y le pidió ayuda para bajar la tensión. Se pusieron de acuerdo entonces para encontrarse “espontáneamente” en la plaza de Tacna, vestidos de civil y darse un abrazo. Luego almorzarían juntos y recorrerían algunas tiendas. “Tú te ocupas de que casualmente haya periodistas por ahí, le indicó Mena. Así lo hicimos y la situación se distendió rápidamente. A los pocos días me lo ratificó Artemio. Habíamos vuelto a la normalidad”.

Por estos mismos días, presionado por los dirigentes izquierdistas que no cejaban en su lobby para evitar la invasión, Velasco Alvarado aprovechó una escala técnica que hizo Allende en el aeropuerto de Lima para conversar con él. Según la revista Liberación, Velasco le dijo que “era necesario, por justicia histórica, una variación hacia una soberanía compartida de los territorios de Tarapacá y Atacama, lo que fue rechazado de plano por el Presidente chileno, quien le replicó: “si aceptara siquiera discutir sobre la soberanía de esos territorios, no duraría una semana en el poder”. Ante esto, Velasco citó a su Alto Mando, comunicándole los negativos resultados de su reunión con Allende, agregando, “estos animales de los chilenos sólo entienden la fuerza. Hay que aplicársela”.

Lima traslada blindados a Tacna

Con independencia de la coyuntura política, la DIRAE siguió llevando adelante de manera metódica la preparación de la guerra con Chile. A comienzos de 1972, se prolongó el servicio militar obligatorio de uno a dos años y se avanzó aceleradamente en la construcción de nuevos cuarteles y en la ampliación de instalaciones militares en el sur, especialmente Moquegua, Arequipa, Puno y Tacna, construyéndose una carretera entre estas últimas ciudades para mejorar sus comunicaciones logísticas. Las fuerzas blindadas, al mando del general Fernández Maldonado, antes concentradas en la capital, fueron desplazadas primero a Arequipa y luego a Tacna. La guarnición de esta última ciudad que tradicionalmente era mandada por un coronel, subió de rango y fue encomendada a un general, Artemio García. En septiembre de 1972, un grupo de “aplicados turistas” recorrió la zona de la eterna primavera. Se trataba de un grupo de oficiales y suboficiales de diversas especialidades que cumplía la fase de reconocimiento del terreno para preparar las futuras operaciones de guerra. Con esa información, al finalizar el año ya se habían determinado “cuatro zonas de salto de paracaidistas en los alrededores de Arica. Las coordinadas cartográficas (UTM) fueron registradas en el Instituto Geográfico Militar con el nombre clave de Negro-Ar (color asignado a Chile y Ar de Arica). Recibieron esta responsabilidad y el de mantener en absoluto secreto, inclusive a su propio comando, los tenientes coroneles José Samanez y Rodolfo Gaige. Por otra parte, “la zona de acceso para los blindados y la línea de aproximación para atacar Arica y sobrepasarla hasta la cortadura de la quebrada de cauce seco del río Vitor, tenía una amplitud de 30 kilómetros y las rutas a seguir fueron claramente indicadas en la carta de operaciones”. Además, se definieron las zonas de desembarco “en la playa La Lisera y las posibles áreas de bombardeo por parte de la aviación, los lugares previstos para las acciones de comandos en la cortadura del río Lluta y en la zona suburbana de Arica”.