Un proceso constituyente sensible a la verdad

La Presidenta destaca la gran importancia de la Constitución para una nación, sin embargo tenemos que señalar que anterior a la constitución y como fundamento de ella están las personas.

Por: Guillermo Toro Parot.

Un proceso constituyente sensible a la verdad

El 13 de octubre recién pasado la Presidenta Bachelet anunció el inicio de un proceso constituyente que tiene como fin la elaboración de una nueva constitución para nuestro país. El importante anuncio lleva a preguntarnos sobre el significado de una Constitución para un país y sobre el proceso para su elaboración.

En su discurso, señalando la importancia de una constitución, la Presidenta afirmó: “una Constitución es la madre de las leyes de un país; es la que define los valores que nos rigen; lo que  nos une como nación; el  carácter de nuestra democracia; las reglas básicas de nuestra convivencia política y la que crea las bases jurídicas para hacer posible el progreso”. La Presidenta destaca la gran importancia de la Constitución para una nación, sin embargo tenemos que señalar que anterior a la constitución y como fundamento de ella están las personas. Primero es la nación, una comunidad de personas y luego la Constitución que busca reflejar esa comunidad. En nuestra historia primero hubo un pueblo que quiso la Independencia y luego una carta fundamental que puso por escrito las normas de su vida en común. Esa nación ya tenía una historia y vivía según valores recibidos, aceptados y transmitidos a las siguientes generaciones. Valores como la justicia, la libertad, el respeto a la vida y a la familia.

En todo caso es cierto que una Constitución no es la ley eterna y la podríamos cambiar. Para el Presidente Montt “ni un espíritu exagerado e indiscreto de reforma, ni la apocada timidez que mira de reojo toda innovación porque cambia la existente, harán jamás la felicidad de pueblo alguno” (Montt, 1-VI-1861, Documentos parlamentarios, K, 5-15, citado en Rojas, G., Chile en épocas de crisis, 121). Hoy hay quienes opinan que algunas instituciones en nuestro país podrían ser mejoradas para adaptarse mejor al mundo globalizado y dinámico en que vivimos. Esto nos lleva a preguntarnos por el proceso para una nueva Constitución.

Más allá de los pasos y plazos a seguir queremos reflexionar sobre una cuestión de fondo: ¿es suficiente el criterio de la mayoría para legitimar una Constitución, en el sentido de que esta sea de acuerdo a la moral? Es importante señalar que las leyes, como la Constitución, no garantizan la moralidad de lo que está escrito en ellas. Un ejemplo nos lo enseña la historia del régimen nazi, durante el cual la barbarie demostró con la vida de millones de personas que lo legal no implica la moral, más bien, en ese caso, todo lo contrario. Este principio también ha estado presente en nuestra historia, como por ejemplo en la afirmación de Antonio Varas: es “malo, absolutamente malo...sancionar un principio inmoral” (Varas, 30/VI/1860, Sesiones del Congreso Nacional, Cámara de Diputados Ordinarias, 1857-1860, pg 7, citado en Rojas, G.; Chile en épocas de crisis, pg.111). Especialmente para los temas fundamentales como los valóricos, la mayoría no es garantía de moralidad. Pero entonces ¿cómo podemos tener un proceso constituyente que promueva una Constitución de acuerdo a la moral?

Para el Papa Benedicto XVI existen voces de diversos ámbitos de la sociedad que se refieren a un fundamento de la legalidad común a todos los hombres. Según el Pontífice, una de estas voces es la de Jürgen Habermas para quien “la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas. Con respecto a esta "forma razonable", afirma que no puede ser sólo una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un "proceso de argumentación sensible a la verdad" (Benedicto XVI, Discurso preparado para la Universidad de los estudios de Roma, La Sapienza, enero 2008). Por lo tanto, el consenso de la mayoría no es el fundamento de la legalidad sino la participación política igualitaria y la verdad que la constitución busca expresar. Para alcanzar la verdad no bastan eslóganes o discursos superficiales sino un proceso de argumentación sensible a esa verdad. En el caso de nuestro país, ¿cuál es nuestra verdad como nación? Empezar a responder a esta pregunta, que implica la memoria y el reconocimiento de realidades como nuestra identidad, historia y naturaleza, es un primer paso para poder iniciar un proceso de cambio constitucional.